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Aunque han llegado con la pandemia un sinnúmero de lecciones para los seres humanos, también es cierto que hay quienes quieren endilgarle a este 2020 el mote de un “año perdido”, en muchos sentidos.

Las justificaciones no son pocas y van desde el aspecto económico, para las familias y para los países, hasta la frustración de no haber podido ver por última vez al ser querido que se nos adelantó en el camino a causa de este virus.

Es doloroso ver a los mini, pequeños y medianos empresarios, esos que no tienen “palancas” allá arriba, ver sus negocios cerrados, sin posibilidad de abrirlos en muchas otras semanas más, mientras la clientela se aleja hacia aquellos grandes centros comerciales a los que sí se les permitió abrir en medio de la pandemia y vender “de todo”.

Es angustiante escuchar día a día las estadísticas de contagios y fallecimientos, tanto de la sociedad como de aquellos héroes sin capa que en los hospitales, en los centros de rescate o en las corporaciones policiacas, se ven obligados a aportar más allá de sus capacidades físicas para devolver saludable al seno familiar, a la gran mayoría de los infestados.

En muchos sentidos, sí será un año perdido. En lo educativo, los estudiantes pasaron al siguiente ciclo escolar por obra y gracias del covid. Una buena parte de ellos no aprendía cuando las clases eran presenciales y, por supuesto, dejaron de aprender más cuando se volvieron virtuales.

El conocimiento no llegó pleno en este ciclo escolar y muchos, por supuesto, jamás habrán de resarcir esa falla en un sistema educativo nacional que no es de los mejores del mundo, sino que se transforma sexenalmente, conforme al capricho de los gobernantes, como casi todo en este país.

Los empleos perdidos tampoco se van a recobrar al día siguiente del fin de este ciclo sanitario que mantiene atrapados a los generadores de esas plazas laborales porque, también, se les pidió cerrar si no eran esenciales cuando en estos tiempos de angustia todo se vuelve indispensable ante la incapacidad por conocer más allá de qué pasará mañana.

Mucho menos volverán todos aquellos amigos o familiares que debieron ofrendar la vida para darnos cuenta de las grandes tragedias que vive el sector salud de municipios, estados y país, con sus hospitales sin lo mínimo indispensable a veces para contener siquiera una gripe.

Ante ese panorama, sí puede decirse con certeza que 2020 ha sido, desde ya, un año perdido. Pero, a fuerza de ser objetivos, tenemos también que tener en cuenta todos esos aprendizajes que como individuos habremos de encajar en nuestras memorias para que otra pandemia de esta misma magnitud no vuelva a agarrarnos con los dedos detrás de la puerta.

Reconozcamos, sí, lo irrescatable para olvidarlo, pero asumamos también con vigor las lecciones de vida que habrán de convertir a la mexicana en una sociedad mucho más fuerte por sí misma, sin necesidad de los huecos discursos provenientes desde el poder.

Seamos más sociedad y asumamos también la exigencia de que el gobierno cumpla con su labor con eficacia, sin corruptelas, sin traiciones, sin mentiras ni rapiñas.

Ya con eso, estaremos del otro lado.

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