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Jesús Huerta Suárez

El domingo, después de un opíparo desayuno en familia, procedí a tenderme de nuevo en mis aposentos con la intención de imitar a los chuchos que siempre después de una comida se echan una pestañada, un coyotito, como algunos dicen (ah, qué dicha poder retozar después de un generoso desayuno; es como tocar estar en el cielo, supongo).

Y, como es costumbre, mis sobrinos también fueron a terminar en mi recámara para ver videos o para platicar de algo.

Así fue, mientras veíamos vídeos musicales, mi sobrino Alex de 19 años me preguntó: ¿Por qué será que ya no hay grupos de rock buenos en estos tiempos?

Él, como muchos chavalos de su edad oye música de los sesentas a los noventas, y consideran que antes se hacía mejor música, al menos hablando de rock.

Esta pregunta me presentó la oportunidad idónea para decirle lo que pienso sobre los jóvenes de hoy en día, y sin dudarlo ni por un segundo le expuse mis puntos de vista. Le dije que el más grave problema que encuentro en la mayoría de los jóvenes es que me da la impresión que han perdido toda ilusión; que han perdido el auto respeto y que lo único que en realidad los motiva es el placer y la comodidad. No quieren esforzarse, no tienen ideales, vamos, ni siquiera los temas vitales como la ecología y el fortalecimiento espiritual los motiva. Están perdidos entre el nihilismo y el hedonismo, olvidando que lo único que dejan estas formas de vida son dolor, confusión y hastío.

No quieren escuchar a los mayores y menos seguir consejos, por lo que es muy común verlos caer sin intentar levantarse. Entiendo que puedo sonar exagerado, le comenté, pero a las pruebas me remito. Es sólo cuestión de voltear a tu alrededor, de oírlos hablar, de verlos actuar y de ver los periódicos: Muertes y más muertes por manejar alcoholizados, sin querer socializar, bien clavados en las drogas fuertes, desconfiados, parranderos y pendencieros, y, lo peor, sin gusto por los libros y el conocimiento, haciendo de sus vidas un círculo vicioso y un desperdicio de sus años mozos, hasta que un día se dan cuenta de que el incesante tiempo les ha robado las fuerzas y de que en vez de sonreír por todo lo obtenido en una vida de razón, llorarán amargamente por las horas idas sin sentido.

Por supuesto que admito que ellos básicamente actúan de acuerdo a lo que ven, y que somos los mayores los que les hemos dado muy malos ejemplos. Los padres, principalmente, que decidieron tener está responsabilidad ética, aun andan en la “búsqueda de sí mismos” olvidando que es en la atención y el cariño a sus hijos en donde se podrán encontrar, expuse. El detalle aquí, creo, estaría en recordarle a los jóvenes que son su honestidad, su nobleza, su energía, sus dudas, su capacidad para hacer amigos, su pureza de alma, sus sueños y sus ideales, sus mejores armas para enfrentar en armonía a este mundo que se hace viejo y se enfría.

Al final de cuentas creo que me excedí con tanta palabrería, y no sé si ellos estarán de acuerdo con lo que les dije, pues se quedaron muy serios, pero en verdad les aseguro que mientras esté vivo aprovecharé cualquier ocasión para exaltar las posibilidades de la voluntad para hacer que las cosas mejoren y la pasión para disfrutar el goce de estar vivos. Corría el año 2008.