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Armando Fuentes Aguirre
(Catón)

Don Algón iba en un taxi. Se asustó al advertir que el conductor se pasaba todos los semáforos en rojo sin siquiera disminuir la velocidad. Le dijo preocupado: “Oiga: se va pasando usted los altos. Podemos tener un accidente”. “No se apure, señor -le contestó el taxista, displicente-. Mi hermano se pasa siempre los semáforos en rojo y nunca ha chocado”. Para inquietud de don Algón el hombre siguió sin hacer caso del semáforo. Sucedió, sin embargo, que de súbito frenó violentamente, de modo que el vehículo se detuvo entre rechinar de llantas y humear de frenos. “¿Por qué ahora se detiene? -le preguntó con asombro don Algón-. ¡El semáforo está en verde!”. “Sí -admitió el taxista-. Pero puede venir mi hermano”. Pues bien: ante el coronavirus se nos presentan numerosos semáforos, y acabamos por no saber a cuál de ellos hacerle caso. Unos están todavía en rojo, otros cambiaron ya a ámbar, y López Obrador acaba de concederse a sí mismo la luz verde. Un día se nos dice que lo peor de la epidemia ya pasó, que ya aplanamos la curva, que domamos ya al virus, que podemos empezar a vivir en la nueva normalidad, y al siguiente se nos advierte que lo peor está todavía por venir, que el pico máximo no ha llegado aún y que por tanto no debemos bajar la guardia. Al reanudar sus giras -parece que ya se le quemaban las habas por hacerlo- AMLO pone un ejemplo que puede resultar muy peligroso. El rigor de la epidemia no ha cedido, y al ver la conducta del presidente habrá muchos que se sentirán autorizados a volver a la vida cotidiana. Cuidado. Debería haber un solo semáforo, y todos deberíamos acatarlo. El desorden reinante en lo que hace a la pandemia no es sino un reflejo del que priva en la llamada 4T. Así estamos. Cierto señor pasó a mejor vida. Un mes después su pequeño hijo le preguntó a su madre: “Mamá: mi papi ¿está en la Gloria?”. “Está en el Cielo, hijito -respondió la señora-. La que está en la gloria soy yo”. Un amigo de Babalucas lo invitó a ver una película porno. En lo más urente de la acción comentó el badulaque, despectivo: “¡Pendejo! ¡Ahí no se dan los besos!”. Avaricio Matatías, hombre ruin y cicatero, invitó a una linda chica a cenar en restorán. A la hora de la cuenta le dijo: “Cada quién lo suyo”. La chica, de mala gana, tuvo que pagar su parte de la consumición. En seguida la invitó a tomar una copa. Y sucedió lo mismo: en el momento de pagar le dijo nuevamente: “Cada quién lo suyo”. Luego Avaricio llevó a la muchacha al solitario paraje llamado el Ensalivadero. Se inclinó sobre ella y le puso la mano en la rodilla. “¡Ah no! -exclamó la chica al tiempo que le quitaba la mano de ahí-. ¡Cada quién lo suyo!”. Nalgarina Grandchichier, bailarina en table dance, les mostró a sus compañeras un retrato de su nuevo sugar daddy, hombre añoso, gordo y calvo. Comentó: “La foto no lo favorece mucho. No se le ve la cartera”. Don Cucoldo llegó a su casa en hora desusada. Al entrar en la recámara vio a su esposa sin ropa alguna en el revuelto lecho aunque eran sólo las 5 de la tarde. Tal circunstancia hizo nacer en él ciertos recelos que crecieron cuando oyó ruidos en el clóset. Lo abrió y vio a ahí a un sujeto también en peletier. “¡Ira de Dios! -clamó el mitrado esposo que sin querer recordó sus lecturas de Salgari-. ¡Canalla! ¡Infame! ¡Miserable! ¡Vil!”. A pesar de la urgencia del momento escogió con cuidado esos denuestos porque podían aplicarse por igual al querindongo y a la pecatriz. Le reprochó ella, dolida: “Eres sumamente injusto, esposo. Tú tienes en el clóset tu raqueta de tenis, tu bola de boliche y tus palos de golf. ¿Y yo no puedo tener nada ahí?”. FIN.