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YURIRIA SIERRA

“¿Tenemos que esperar a que pasen actos de mayor gravedad para empezar a reaccionar, gente?”, fue la pregunta que lanzó Diana, entonces estudiante de Derecho en la Universidad Autónoma de Nayarit. Era agosto de 2019. En ese entonces, México veía cómo se engrosaban las filas de mujeres que alzaban la voz en contra de la violencia de género en todas sus formas. En ese mes fue la protesta frente a la SSP de la CDMX, cuando la diamantinada a Jesús Orta.

Las movilizaciones feministas tomaban mayores dimensiones en todo el mundo, trazaban el camino para lo que vimos después; en noviembre con el canto de Un violador en tu camino, nacido en Chile, y la robustísima manifestación y paro nacional en marzo pasado, por el Día Internacional de la Mujer. En ese agosto, Diana, de 21 años, alertó el acoso que sufrió al salir de la escuela, a plena luz del día y frente a la mirada de quienes nada hicieron. Nueve meses después, Diana fue despedida con el mínimo de personas dentro del panteón, pues la pandemia ha reducido toda posibilidad de interacción aun en momentos tan dolorosos y ávidos de calor humano, como lo es la muerte. Diana recibió 39 puñaladas dentro de su casa. En momentos de distanciamiento social, la violencia ha evadido cualquier medida sanitaria y también la vista desde Palacio Nacional.

Entre enero y abril, 987 mujeres fueron asesinadas en México. En ese último mes, cuando el confinamiento fue la rutina en prácticamente todo el planeta, nuestro país rompió su propio récord: 267 homicidios en 30 días. Crímenes que aún deben ser analizados para entonces clasificarlos como feminicidios, dicen los procedimientos. Desde 2015 no se registraba una cifra como ésta.

A lo largo de las últimas semanas, organizaciones y colectivos han advertido, dentro y fuera del país, sobre el riesgo que para muchas mujeres y familias significó la cuarentena por la pandemia. Los datos de las autoridades mexicanas lo confirman con soberbia, la misma con la que las desmienten en Palacio Nacional, la misma con la que nos envían un mensaje que lejos de tranquilizar los nervios, nos pone los pelos de punta: cuenta hasta diez.

Contar hasta diez para evitar la violencia intrafamiliar. Contar hasta diez para darle la vuelta a la violencia de género. Contar hasta diez, como en el sexenio de Miguel de la Madrid, como lo decía la televisión de los ochenta, una época profundamente neoliberal. Contar hasta diez, como la recomendación de un Gobierno que se asume feminista, el que presume a su gabinete paritario, el del Congreso con equidad.

¿Diana debió contar hasta diez? ¿Abril debió contar hasta diez? ¿Ingrid debió contar hasta diez? ¿La pequeña Fátima debió contar hasta diez? Qué manera tan burda la de esta administración para revictimizar, para endosar la responsabilidad a quienes son agredidas.

“Es un método antiguo, pero muy sabio y además muy eficaz para contener las actitudes impulsivas o las pasiones que se desbordan…”, explicó sobre esta campaña Jesús Ramírez a Animal Político. Mientras las mujeres son víctimas de violencia, el Gobierno Federal combate las pasiones desbordadas. Como lo hacían en los años 80. En el sexenio de Miguel de la Madrid. Como si no hubieran pasado 30 años de debate y de evidencia. De políticas públicas exitosas en todo el mundo. Aquí sólo se les ocurre decir “cuenta hasta diez”. Pues en México contamos hasta diez o más feminicidios por día. Esos sí los podemos contar.