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Armando Fuentes Aguirre
(Catón)

“Voy a ser papá” -le confió el joven ejecutivo a un amigo. “Felicidades -le dijo éste-. Ser padre es una inmensa dicha”. “Es cierto -admitió el otro-. Espero que mi señora no se entere”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, le presumió su figura a su amiga doña Gules. “Peso menos -se jactó- que el día que me casé”. “Claro -comentó la amiga en tono ácido-. Es que ahora no estás embarazada”. Babalucas salió con Lilibel, bella muchacha. Al día siguiente un amigo le preguntó, curioso: “¿Cómo te fue anoche con Lilibel?”. “Mal -respondió, mohíno, el tontiloco-. Es muy somnolienta. La dejé bien temprano en su casa”. “¿Cómo que muy somnolienta?” -se desconcertó el amigo-. “Sí -confirmó Babalucas-. Empecé a besarla, y me preguntó que a qué horas nos íbamos a la cama”. Entre los pecados de mi primera juventud, menos deleitosos que los de la segunda, está el haber participado en concursos de oratoria. Yo también -mea culpa- me dirigí con engolada voz a la juventud de mi Patria, batí el aire con los brazos como aspas de molino en los ademanes del discurso y solicité la benevolencia de los señores del Honorable Jurado Calificador para que tomaran en cuenta que yo no era un Demóstenes ni un Emilio Castelar. Recuerdo la ocasión en que uno de los oradores citó a Hegel, y al hacerlo pronunció mal el nombre: dijo “éjel. Desde la galería se oyó un grito chocarrero: “¡Éjele!”. Ese voquible, que desde luego la Academia no registra, sirve para expresar incredulidad o burla. “¡Éjele!”. Himena Camafría, madura señorita soltera, fue a una granja donde vendían gallinas y le pidió al granjero: “Quiero diez gallos y una gallina”. Replicó el hombre: “Querrá usted decir diez gallinas y un gallo”. “No -insistió la señorira Himenia-. Diez gallos y una gallina. No quiero que la pobrecita carezca de lo que siempre he carecido yo”. Lord Feebledick bebía en el Gentlemen’s Club sus acostumbrados whiskies diarios. Animado por los espíritus de la tradicional bebida le contó a su compañero ocasional, lord Highrump: “Yo le hice el amor a mi mujer antes de casarme con ella. ¿Y tú?”. “No sé, old chap -respondió lord Highrump-. ¿Cómo se llama tu mujer?”. Llorosa, tribulada, Dulcilí le informó a su novio Pitorrango que estaba esperando. “¿Cómo es posible? -se consternó el galán (primero es la calentada y luego la consternada)-. ¿Qué no tomaste alguna precaución”. “Ninguna -confesó Dulcilí-. Ya había pasado antes por lo mismo, y pensé que había quedado inmunizada”.  Dos parejas fueron a pasar un fin de semana en la playa. Estaban cenando en el restorán del hotel cuando súbitamente hubo un apagón. En la oscuridad se dirigieron a sus respectivas habitaciones. En una de ellas la señora se acostó inmediatamente mientras el señor, hombre de mucha devoción, muy religioso, se arrodilló al pie del lecho para decir sus largas y profusas oraciones de la noche. Las estaba terminando -el rezo le tomó un buen rato- cuando volvió la luz. Entonces se dio cuenta, azorado, de que la mujer que estaba en la cama no era su esposa: era la de su amigo. Al punto corrió hacia la puerta. “Demasiado tarde, compadre -le dijo la señora-. Mi marido no acostumbra rezar”. FIN.