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YURIRIA SIERRA

Se trata de tirarlo todo. Bueno o malo. Todo. En el primer trimestre de 2018, últimos meses del gobierno de Enrique Peña Nieto, la Secretaría de Energía reportó que México generó 24.12% de su electricidad a partir de energías limpias. La meta era de 25 por ciento. Nada mal. Para el cierre de aquel sexenio, se puso en operación el Parque Fotovoltaico en Hermosillo, Sonora. Con él, 100 mil hogares se abastecen de energía solar y representaría una reducción de 110 mil toneladas de dióxido de carbono por año. El IMCO registró que este ramo del sector energético tuvo incremento de 1,300% entre 2014 y 2018. Rebasar ese 25% planeado para aquel año habría sido posible con la continuidad de las políticas que lo permitieron. Se proyectaba que para el 2021, alcanzaríamos el 30 por ciento.

El Programa Especial de Transición Energética avanzó entonces 96%, colocó a México entre los diez países más atractivos para la inversión en energías renovables. En retorno de eso daba un potencial de 60 mil millones de dólares y al menos 200 mil empleos generados en 2032. Sin embargo, sabemos que la Cuarta Transformación llegó para derribar todo lo que tuviera el sello “neoliberal”.

Dos años después de esas cifras, estamos en un panorama sumamente distinto, dirimiendo en tribunales lo que tuvo que caminar sobre asfalto y rumbo a las metas establecidas en años anteriores. Ayer, un tribunal otorgó tres suspensiones provisionales a empresas que impugnaron el acuerdo del Centro Nacional de Control de Energía, ése que restringe la inversión extranjera que apenas 24 meses antes estaba tan entusiasmada. El juez determinó que el convenio publicado representa un retroceso en la transición energética del país; además de que vulnera los derechos a la libre competencia económica, acceso a la salud y medio ambiente sano. Quedaron a la espera cinco amparos más.

“Todos los países del mundo están caminando hacia las energías renovables y México no es la excepción. El objetivo es que en un futuro toda la generación de la electricidad sea por medio de energías limpias, pero que sea por medio de la equidad y de todos los ámbitos, desde lo público hasta lo privado…”, expresó Rocío Nahle frente a representantes de la industria eólica del país en marzo de 2019. Qué rápido cambió de parecer.

Supimos siempre que la gran apuesta de la administración de López Obrador fue el sector energético. El combate al huachicol, la refinería de Dos Bocas, proyectos apuntalados a lo que afirma será nuestra autonomía energética. El primero con resultados cuestionables, el segundo por completo inviable según expertos dentro y fuera del país. Pero había un compromiso, como lo recordamos ayer, escrito en su documento NaturAMLO. Seríamos punta de lanza en combate al cambio climático. Había ya inversiones en marcha.

Entre los amparos otorgados en tribunales, la suspensión sí ejecutada en al menos 17 centrales eólicas y solares y la nueva política en materia de Confiabilidad, Seguridad, Continuidad y Calidad en el Sistema Eléctrico Nacional, cuyo único propósito es favorecer la operación preferencial de la CFE, hoy dirigida por dudosas manos, México se encamina a otro declive. ¿Con qué cara le explicamos a las próximas generaciones que el nuestro, es un país que le apostó a la quema del combustóleo argumentando un cuestionado combate a la corrupción mientras el planeta urge por cambios en nuestro consumo de sus recursos? Ni energías limpias ni combate al cambio climático ni oportunidad es para los jóvenes que se preparan en áreas de sustentabilidad. Ya nos dirá la secretaria Nahle qué responde a su propia hija, graduada en Desarrollo Sustentable. Qué ironías. Esta transformación no es sólo más que un viaje al pasado.