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Durante el momento más inclemente del invierno pasado una camioneta salió de la autopista, tomó la calle de dos sentidos que pasa por la orilla del Río Penobscot y se detuvo al lado de la mole de una fábrica de papel cerrada. La puerta de la camioneta se abrió y los pasajeros salieron de ella: 7 monjes budistas provenientes de China.
Andrew Edwards, superintendente de la fábrica de Lincoln, un pueblo cercano, los condujo a la habitación donde había guardado las cosas que le solicitaron para la ceremonia: naranjas, limas, manzanas y 7 palas, una para cada monje.
La nieve se acumulaba en el suelo, una corteza congelada de medio metro, y Edwards recuerda que se preocupó un poco por los visitantes. “Andaban en su, no sé cómo se llama, ese atuendo tibetano”, dijo. “Con las sandalias y cualquier cosa”.
Retrocedió y observó a los monjes hacer su recorrido desde los edificios de las calderas hasta la calera y la planta de celulosa. Cantaron, encendieron velas y tocaron con suavidad un gong.
Edwards había crecido al lado de una fábrica de papel que ya no estaba en uso y había visto el caos humano derivado de los fracasos y las quiebras: los embargos, los despidos, la partida de familias jóvenes.
Así que tenía buenos motivos para sentir curiosidad sobre la nueva jefa. Zhang Yin, conocida en China como la “Reina de la basura”, había construido un imperio, Nine Dragons Paper, mediante la producción de cartón corrugado a partir de materiales reciclados. Era distinta a los dueños estadounidenses que la precedieron, y no sólo porque podía gastar generosamente en feng shui.
Lo más sorprendente de Zhang era su promesa de que Nine Dragons operaría la fábrica durante 100 años, lo suficiente para emplear a los hijos y nietos de Edwards. “La gente no da marcha atrás para revitalizar estas fábricas, simplemente no lo hace”, comentó Edwards. “Las fábricas se desmantelan o se echan abajo. Y aquí está Old Town en medio de todo, volviendo a la vida”.
Desde cualquier punto de vista, el año 2019 fue desastroso para las relaciones entre Estados Unidos y China.
El presidente Donald Trump llevó a Estados Unidos a una guerra comercial que elevó los aranceles promedio de los productos chinos a un 21.3 por ciento, un aumento considerable al compararlo con el 3.1 por ciento que estaba vigente cuando asumió el cargo. Las opiniones de los estadounidenses sobre China se volvieron marcadamente negativas, hasta llegar a su punto más desfavorable desde que el Pew Research Center comenzó a registrarlas.
Sin embargo, en este pueblo obrero de Nueva Inglaterra, con una población de 7 mil 500 habitantes, la historia era otra. El Gobierno Chino había eliminado la importación de reciclaje estadounidense, lo que puso en riesgo el suministro que alimentaba el negocio más grande de Nine Dragons. Para mantener en funcionamiento las fábricas de papel, Nine Dragons necesitaba estas instalaciones.
Y la fábrica de papel de Old Town, rechazada por una serie de inversionistas a corto plazo y abandonada a su suerte, necesitaba un salvador. Ni toda la bravuconería de la guerra comercial pudo hacer nada ante estas 2 realidades.
En paralelo con la gratitud vino un dejo de aprensión, una sensación de que un cambio impredecible había llegado a los bosques del norte de Estados Unidos. “¿Quieres mi opinión honesta? Este país está siendo recolonizado por Asia”, dijo Katie Bosse de 77 años. Ella creció, en sus propias palabras, “siendo del montón”, como hija y nieta de trabajadores de la fábrica, y no confiaba en los forasteros, una característica de los oriundos de Maine.
“La mayoría de la gente que hace esto, lo hace por avaricia”, aseveró. Pero había identificado al gerente de sitio de Nine Dragons al fondo de la multitud y quería hablar con él, porque había otra cosa que era cierta: finalmente, después de tantos años, había una oportunidad en Old Town.
Corrió hacia el fondo para ver si podía conseguirle un trabajo a su hermano.
A un consultor de feng shui le preocupaba que espíritus se asomaran a los terrenos de la fábrica desde un cementerio público contiguo.

UNA CIUDAD EN
PROBLEMAS
David Mahan, presidente del Ayuntamiento de Old Town, estaba en su camión, recolectando botellas vacías para su negocio de canje de botellas, cuando escuchó por primera vez que había un comprador.
Uno tras otro, los distintos propietarios habían perdido la fe en la planta de celulosa de 130 años de antigüedad que había contribuido casi 500 mil dólares anuales a los ingresos fiscales de la ciudad comentó Bill Mayo, el administrador de la ciudad de Old Town. Cerró sus puertas definitivamente en 2015.
La fábrica llevaba 3 años cerrada y tenía agujeros en el techo. Los animales buscaban refugio en ella. La mayoría de la gente del pueblo esperaba que se vendiera como chatarra.
El espíritu de la ciudad decayó, y la nota roja documentaba redadas de drogas y laboratorios de metanfetaminas. El Ayuntamiento, que batallaba para financiar los servicios públicos a causa de una base fiscal cada vez más magra, decidió eliminar 20 empleos municipales. Mahan incluso había hablado de eliminar gradualmente la recolección de basura, un servicio que le cuesta a la ciudad alrededor de 330 mil dólares anuales. “Me parece que en algún momento tocamos fondo”, comentó Mahan.
Luego vino la llamada sobre la planta. “Necesita regresar de inmediato”, le dijo el síndico a Mahan. Una vez que se estacionó y se sentó en la sala de juntas de la fábrica, se conectó a una llamada telefónica con una persona a quien no conocía: Brian Boland, vicepresidente de asuntos gubernamentales de ND Paper, que ya era propietaria de una planta de celulosa y papel en Rumford, 200 kilómetros al oeste.
Mahan estaba anonadado. “Yo dije: ‘ND Paper, ¿es en serio?’. Entonces, Brian me dijo: ‘Sí, ND Paper, estamos afiliados con Nine Dragons’. Y respondí: ‘Vaya, está bien’. Una vez que escuché ese nombre, pensé: ‘OK. Vamos por buen camino’”, recordó.
Aunque la demanda de celulosa había disminuido en Estados Unidos, estaba creciendo en China. En Asia, Nine Dragons es el mayor productor de cartón corrugado, que se usa para hacer cajas de cartón y material de embalaje. Su fundadora, Zhang, amasó una vasta fortuna con la exportación de chatarra de reciclaje estadounidense cuya celulosa después procesaba para fabricar cajas.
Dicho modelo de negocios se tambaleó en 2018, cuando el Gobierno Chino limitó de golpe la importación de chatarra de Estados Unidos con una política conocida como “espada nacional”. Los fabricantes de papel empezaron a buscar nuevas fuentes de pulpa virgen, que puede exportarse con aranceles más bajos y mezclarse con fibras de menor calidad de retazos chinos para fortalecer el cartón.