Para Evo Morales, quien renunció a la presidencia de Bolivia el 10 de noviembre como consecuencia de lo que algunos consideran un golpe de Estado y otros el desenlace requerido por la crisis social y política en la que estaba sumido el país desde los comicios del 20 de octubre, la “derecha golpista” está lejos de querer una auténtica pacificación y democratización del país.

Sólo así, podría entenderse por qué continúan las quemas de instituciones y los enfrentamientos violentos a sus “hermanos”.

En su perfil de la red social Twitter, manifestó, que quienes le sacaron del poder “comenzaron a asaltar el patrimonio del pueblo boliviano”, algo que él “nunca” hizo.

Según afirma cada vez que siente la utilidad de remarcarlo, no ha “robado a nadie” ni ha utilizado los recursos públicos en beneficio propio. A la presidencia de Bolivia, dice, llegó por la patria y no por la plata. Nunca soñó con alcanzar tal posición ni con lograr todo lo conseguido por “la revolución democrático-popular” que impulsó.

Ahora, cuando ansía y no puede volver a su región, siente que por su experiencia puede ser útil al mundo, en el camino de lograr un crecimiento económico justo, para beneficio de los pueblos.