En días pasados, los restos fúnebres de la doctora Raquel Padilla Ramos recibieron uno de los más altos honores de parte de la Tribu Yaqui: ser colocados, como los del jefe Yaqui, Juan Maldonado Waswechia Tetabiate, en la majestuosa sierra del Bacatete.

Pocas yoris como la antropóloga e historiadora amaron tanto a esta raza indígena. Sus estudios profesionales hablan de ello.

No había momento de desperdicio en su vida para hablar de los diversos temas de la vida de los yaquis, desde sus orígenes hasta su gallardía al ponerle a los conquistadores un límite para adentrarse a su territorio y ni qué decir de sus trágicos sucesos de deportación hacia el sur del país.

Y hablaba también de lo que esta indómita raza aporta y puede aún aportar a la historia y a la vida productiva de Sonora.

Se llenaron decenas de cuartillas para explicar cada momento de sus vivencias al lado de los yaquis, la última de las cuales fue un viaje a Europa para mostrar al mundo lo que los pueblos originarios tienen que dar a la vida de este mundo.

Por ello no es de extrañar que los mismos yoremes hayan decidido colocar sus restos en el sitio sagrado, desde donde sus espíritus vigilan la integridad del territorio ancestral.

Y ese no es privilegio de cualquiera. Solamente lo tienen quienes han contribuido con mucha vocación y amor a la vida y acciones de una nación originaria que todavía en estos tiempos lucha por librarse de quienes ancestralmente han querido apoderarse de sus recursos naturales.

Ese sitio de honor donde ahora reposa Padilla Ramos es una aspiración a la que los gobiernos civiles deberían aspirar, pero lo único que han hecho durante los últimos años es golpear y dividir a una comunidad indígena que ha mostrado nobleza pero también valor para resistir una y otra vez los embates de quienes los quieren dominar desde el poder público.

Son pocos, debe reconocerse, los que logran el reconocimiento yaqui. Padilla Ramos con su inteligencia y trabajo fecundo logró entrar en el sentimiento indígena, a pesar de que haya, como en todo, quienes critiquen su paso por el territorio, pero son más los que la han colocado en niveles de mucho prestigio.

Durante la misa oficiada por el padre David Beaumont; los rezos, cantos y vigilias por parte de las cantoras y maestros, al igual que las danzas de matachín y coyote, dieron a la ceremonia en honor a la historiadora un toque especial.

Aunque el frío y lo intenso de la jornada fue arduo para yaquis y familiares de la doctora Padilla Ramos, eso no demeritó sus alcances ni emotividad y, como su hija señaló al final de la ceremonia: “Mi mamá fue honrada como una guerrera y sus cenizas yacen ahora en el Bacatete, como ella siempre quiso”.

Mayor mérito no puede haber para alguien que sin ser Yoreme, al final ha alcanzado esa categoría.

Y eso significa, envidia de la buena.

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