Después de esperar más de media hora al fin llegó Israel ante el licenciado de oficio que le habían recomendado. Israel es un hombre alto y delgado de unos sesenta años, que lleva en la piel los surcos que el sol ha labrado durante años. Su sombrero, botas y mezclilla le dan la clásica estampa del vaquero sonorense…

Se sentó ante él y a boca jarro le dijo: — “esta es la última puerta que toco. Si no me ayudan a resolver mi problema o termino en la cárcel o en el panteón”.

¡A, caramba, ¿y por qué dice eso, don Israel!? —preguntó el licenciado.

Mira, lo que pasa es que estoy dispuesto a matar a mi hermano o a que me mate, y si lo mato, terminaré tras las rejas.  Lo que pasa es que mi hermano cuando estaba joven se desentendió de sus hijos y yo me quedé con ellos; los traté como si fueran míos y les di todo mi cariño. Ya de grandes, a uno de ellos, le regalé una hectárea de mis tierras para que tuviera algo de qué vivir. Con el paso del tiempo él se hizo funcionario público y se las ingenió para quitarme todas mis tierras. No puedo entender por qué si tanto les di, ahora me hacen esto. Y no es la primera vez que mi hermano o alguno de sus hijos me quitan algo de lo que mi padre nos heredó. Pero esta vez no me voy a dejar; no abusarán más de mí. Lo mato o me mata, pero me regresan mis tierras, aseguró el vaquero.

El licenciado le dijo que lo pensara bien, que no valía la pena terminar su vida encerrado; y trató de consolarlo diciendo que sólo Dios sabe por qué pasan las cosas.

Israel le contestó que Dios hacía tiempo que lo tenía olvidado, pues estaba en la ruina, su querida esposa tenía cáncer, sus hijos viven todos muy lejos de ellos y sus propios sobrinos, a los que crio y su propio hermano, le estaban quitando su único patrimonio.

“Dios de ha olvidado de mí” —dijo, y su rostro adusto me hizo saber que sufría.

Comentó que necesitaba que le ayudaran a que se cumplieran las leyes. Que ya lo habían mandado golpear y que su sobrino le ofreció dinero a las autoridades para que lo metieran a la cárcel, nomás porque estaba defendiendo sus derechos.

La historia de Israel golpeaba los oídos del licenciado, y lo hizo pensar en cómo era posible que a quien quieres y ayudas te haga daño. Cómo duele. Desgarra el alma, porque no es lo mismo que terceras personas te hagan daño a que te lo haga tu propia sangre lo haga, y le prometió hacer lo que pudiera para ayudarlo.

El anciano se fue de la oficina con una leve esperanza, sobre todo, porque decía estar convencido de lo chueco que suelen llegar a ser los que se supone hacen cumplir las leyes.

De cualquier manera, le dijo el abogado que se hiciera a la idea de que quizá se quedaría sin nada, y que nada valía la pena como para matar a alguien. Pero insistía que necesitaba sus tierras; que era vaquero y no sabía hacer otra cosa, pero sobre todo, que le ardían las entrañas de saber que a quienes había dado cariño y sostén lo estuvieran dañando.

Es muy fácil decir “olvida todo, perdónalos”, pero nadie sabe lo que pesa el saco hasta que lo carga, y es muy triste que la misma tierra que los vio nacer los vea morir antes de tiempo. Que la tierra, su madre original, sea el motivo de su odio. “Me lleva él o me lo llevo yo pa´que se acabe la vaina” Carlos Vives

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