Bajo el título “¿Admiración o apropiación? Los bordados mexicanos de Tenango tienen fama global”, el New York Times retrata cómo la iconografía distintiva de un pueblo indígena otomí ha atraído la atención no solicitada de las casas de moda, que han incorporado imágenes similares en sus diseños, a menudo sin crédito.
En el artículo, firmado por Elisabeth Malkine, se refiere:

“Se desconoce el origen de los inconfundibles diseños plasmados en los elaborados bordados hechos en San Nicolás, un diminuto pueblo en la sierra del centro de México. Pero para Glafira Candelaria José, quien ha bordado esas imágenes toda su vida, solo puede haber una procedencia.

“Diosito”, dijo Candelaria, refiriéndose a Dios de una manera afectuosa.

“De verdad parece que una fuerza espiritual anima a las figuras que revolotean por las telas que los artesanos de la comunidad indígena otomí producen en esta zona. Además, muchos de los vívidos diseños están inspirados en el torrente de vegetación y de vida silvestre de la localidad: venados, aves coloridas, pumas y zorros.

“Durante las últimas décadas, los artesanos que trabajan en San Nicolás y otros poblados concentrados alrededor del pueblo principal de esa región, Tenango de Doria, en el estado de Hidalgo, han convertido el oficio que ejercían para sobrevivir en una industria artesanal.
“Los tenangos, como se les llama a las piezas bordadas, han evolucionado para convertirse en trabajos con infinidad de detalles que llegan a un mercado mundial.

“Y también a algunos admiradores no deseados.

Durante los últimos meses, algunas marcas internacionales han publicitado productos con adornos pertenecientes a la iconografía característica de los otomíes, pero sin mencionar que proceden de Tenango de Doria ni que tienen un origen en esta cultura.

“El eufemismo que se emplea para lo que sucede es “apropiación cultural”. En los poblados de la localidad, donde los niños comienzan a bordar antes de aprender a leer, la gente le llama plagio.

“Pese a su exuberancia, esta parte de México ha sido, en buena medida, ignorada y su herencia, menospreciada. La enorme pobreza obligó a muchos otomíes a migrar a Estados Unidos, la única manera de salir de una infancia de hambre y carencias.

“La gente de aquí todavía habla otomí, una lengua tonal indígena, aunque en la mayor parte de la región también se habla español.

“Siempre hemos sido muy marginados por ser indígenas”, señaló Rebeca López Patiño, una artesana del poblado.

“Sin embargo, nada ha evitado que sigan bordando con las imágenes exuberantes que ornamentan colchas, tapices, cojines, ropa e incluso aretes.

“Es lo que siempre hemos hecho”, afirmó Angélica Martínez García, de 37 años. “Mi mamá nos despertaba a las cuatro de la mañana para empezar a bordar. Todos los fines de semana vendía un mantel y gracias a eso teníamos suficiente para comer”.

“Ahora, la abundancia de imitaciones de su trabajo en todo el mundo ha provocado que la secretaria de Cultura de México escriba cartas severas a las grandes casas de moda y han generado un nuevo debate sobre la forma de proteger la propiedad intelectual de las comunidades indígenas.

“Varios artesanos de tenangos han empezado a registrar sus diseños bajo la ley mexicana de derecho de autor. Entre ellos se encuentra Adalberto Flores, quien hace tres años entabló una demanda judicial contra Nestlé por vender una taza de cerámica con imágenes parecidas a las suyas. La compañía negó haber actuado mal y el caso no se ha resuelto.

“Mientras tanto, este año, Nestlé ganó un fallo judicial que invalida su registro de derecho de autor”.

Y así como los diseños otomíes, muchas otras áreas de la cultura indígena de Sonora y México son usados sin consentimiento de sus autores originales.

Ojalá y los jueces que analizan los litigios emprendidos contra las grandes empresas en verdad den la razón a quienes día con día se esfuerzan por hacer las artesanías que tanto prestigio han dado a México.

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