Uno se pregunta por qué si Argentina ha llegado a cosechas históricas de granos, con 145 millones de toneladas, entre ellos 55 millones de toneladas de maíz y 55.9 millones de toneladas de soya, está al mismo tiempo en emergencia alimentaria y con hambre récord.

Esa contradicción no sería tan espectacular si no es por lo que los mismos habitantes de ese país piensan:

“Quienes promueven los agronegocios transgénicos hablan de la necesidad de producir más por el hambre en el mundo. También se muestran como modelos a seguir en productividad y eficiencia.

“Pero, al mismo tiempo, los agronegocios falsean la realidad para sus fines políticos y económicos, principalmente en la legitimación social y en las regulaciones estatales.

“Desde los agronegocios, lo que hoy se hace es producir monocultivos de granos y dar distintas formas industriales a esos granos, especifican, y lo más lamentables es que muchos de los granos transgénicos van a destinos no alimentarios, como los agrocombustibles, biomateriales o alimentos de mascotas.

“De lo que sí va a alimentos, como comestibles ultraprocesados y forrajes para ganadería industrial, se produce de forma muy ineficiente, y los alimentos son de muy baja calidad”.

Además, según la organización Acción por la Diversidad, hay datos muy claros de cómo la agricultura campesina, indígena y familiar es la que alimenta verdaderamente a la población, sin vinculación con los monocultivos de granos.

“Las producciones industriales ligadas a los agronegocios son responsables directos de las principales crisis globales de la actualidad”, sostienen.

Para Argentina, por ejemplo, es necesario revisar los impactos en salud colectiva, en derechos económicos y en destrucción de ambientes.

“No es suficiente contraponer la exportación de granos con el agregado de valor industrial. Hay modos de agregado de valor que tienen costos sociales extremadamente peligrosos: en lo sanitario, en lo económico y en lo ambiental”.

Otro ejemplo de ello es Brasil. Y si no, lea el último informe sobre sus selvas:

De julio de 2018 a julio de 2019, se perdieron alrededor de 9.762 kilómetros cuadrados de selva tropical.

Si eso no es un peligro para la supervivencia humana, flora y fauna, entonces no sé cómo llamarle.

Es que esa tasa de deforestación en la selva amazónica ha aumentado a su nivel más alto en 11 años, según datos del Gobierno brasileño publicados apenas el lunes.

Según el Instituto Nacional de Investigación Espacial de ese país, ese es un aumento del 29.5% en los últimos 12 meses y es la tasa de pérdida más alta desde 2008.

El aumento de la deforestación se produce mientras el país está bajo el liderazgo del presidente de extrema derecha Jair Bolsonaro, quien fue elegido en octubre de 2018, se indica.

Su gobierno, señalan, ha hecho poco para proteger la selva amazónica, incluso rechazando 20 millones de dólares en ayuda extranjera para ayudar a combatir incendios en la selva durante la cumbre del G7 en Francia.

Quizá a usted estos números no le muevan a pensar, pero a quienes están preocupados por la salud del planeta, de veras que les atemoriza que las consecuencias del mal proceder humano contra el ambiente pueda acortar los plazos de la autodestrucción de la humanidad.

Y eso, en verdad, es inquietante.

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