Me refrescaba a la orilla de la alberca en un motel en Scottsdale, Arizona. El calor y la sed me sugirieron pedir una cerveza bien helada, y en eso pasó un mesero por ahí, y le pedí una Budweiser roja de botella, de las que me gustan. Al minuto ya me la estaba tomando. Para cuando me sirvió la tercera, el mesero me preguntó que si de qué parte de México era, y le dije que soy de Obregón. Él me dijo ser de Jalisco, y ni tardo ni perezoso se sentó junto a mí y comenzó a platicarme de su vida en los Estados Unidos. Me dijo que extrañaba mucho, pero que por el momento no podía salir de ése país, pues hacía unos meses, cuando su esposa le dijo que ya no lo quería, y sin recato alguno, se llevó  a vivir bajo su mismo techo a su joven amante. Él, con tal de estar cerca del hijo que tenían, lo permitió y sólo se cambió de recámara…y me aseguró que apenas compartiendo los gastos de la casa con su ex mujer, podría salir adelante.

Bastaron un par de semanas para que la situación lo hiciera querer regresarse a México. Pero no lo haría solo, y subió a su hijo al carro y se vino. Al llegar a la frontera con Nogales, la policía ya lo estaba esperando y lo metieron a la cárcel por un tiempo por intento de secuestro a su propio hijo.

Trago a trago, el mesero me fue contando más detalles de su vida. Recordó cuando estuvo en prisión por tráfico de drogas y portación de armas. Me contó con orgullo que después de tanto tiempo de andar sobreviviendo de vendedor urbano, apenas lo hubieran atrapado. Hizo memoria de los tiempos difíciles que vivió cuando era adicto a la heroína y que terminó haciéndose alcohólico en el intento.  Contó que lo habían corrido de su anterior trabajo de jardinero porque un día se le ocurrió llevarse a su casa unos muebles y unas herramientas que estaban en la bodega de la empresa en donde trabajaba. Nunca pensó que lo notarían, pero fue lo contrario. No levantaron cargos, así que sólo se quedó sin trabajo una vez más.

Esta chamba de mesero en el motel en donde me encontraba hospedado dijo que la consiguió por ser primo del dueño. Y así, poco a poco y trago a trago él me contó todo un rosario de tranzas y triquiñuelas de la más alta escuela.

Yo, como queriendo participar en la plática le pregunté:

— ¿Qué tatuajes tienes?

¿¡Tatuajes!? – Preguntó sorprendido.

—¡No!. ¡No tengo ningún tatuaje; los tatuajes no van con mis valores morales!

No me quedó más que sonreír y pedirle otra cerveza, para no verme tan tonto.

“Es fácil auto engañarse, es fácil rajarse, lo difícil es comenzar de nuevo”

Billy Idol

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