“Mamá, por lo que más quieras dime quién es mi papá, antes de que sea demasiado tarde; no te pido que me des explicaciones de ningún tipo, pero dime por favor quién fue mi padre”, dijo Jorge a su madre que agonizaba. Con la poca fuerza que le quedaba le contestó: Tú no me vas a juzgar, será Dios quien lo haga…y no, no te diré quién es tu padre; no tiene ningún caso que lo sepas. Minutos después la señora murió. Como pudo Jorge organizó el sepelio de su madre, al que nadie asistió, pues su madre no era bien vista en su barrio ni en su colonia. Jorge no sabía de ningún familiar; su madre nunca le presentó a nadie, es más, él no tenía acta de nacimiento; ni siquiera tenía apellido hasta ese momento…

Las velas ardiendo junto al ataúd le recordaron las luces del pueblo que se veían tintinear desde el cerro en donde vivía con su madre, teniendo el Mar de Cortés de fondo. Esa era su vista casi todas las noches en que su madre lo sacaba de su humilde casa, porque tendría visita y le ponía seguro a la puerta. Así fue desde que tenía uso de razón: su madre recibiendo hombres diferentes, excepto dos o tres que la visitaban constantemente. Entre ellos había uno que siempre que iba a visitar a su madre, le llevaba algo de comer o algún dulce; era el único que tenía un detalle con él, lo que lo hizo suponer que ese era su padre y tomó su apellido cuando sacó su acta de nacimiento, pues estaba dispuesto a enlistarse en la Marina y se la estaban pidiendo. Su amor por el mar y los barcos nació cuando desde jovencito consiguió un trabajo en la cocina de un barco de la Marina mexicana que solía anclar en el puerto de Guaymas.

Fue ahí donde se propuso convertirse en marino y lo logró, y con el tiempo llegó a capitán. El canto melancólico de las gaviotas le recordó cuando un día de repente su madre no llegó a dormir a su casa; y así pasaron varios días sin que llegara y Jorge cada hora estaba más preocupado por ella; a pesar de que a ella no le importaba en absoluto su hijo, él la quería, quizá por ser lo único que tenía. Una mañana, caminando por el malecón, alguien le dijo que su madre se había ido con un señor en un barco a La Paz, Baja California, y él se dispuso ir a buscarla hasta aquel lugar.

Desembarcó corriendo, y anduvo preguntando por su madre con una vieja foto en la mano, sin que nadie supiera darle noticias de ella, hasta que la encontró al tercer día de búsqueda. Cuando la vio su corazón se aceleró, y le sonrió, su madre, en lugar de darle gusto verlo, le dijo que si qué demonios hacía en La Paz; y lo regañó enfrente de todos. Así era la vida de Jorge. A nadie le importaba, ni a su propia madre, pero eso no le impidió superarse y vivir sin rencores, y ahora, ya de Capitán jubilado, vive junto a su esposa, sus dos hijas y sus cuatro nietos que dice amar sobre todas las cosas. Nunca supo quién era su padre.