No sé si te hayas atrevido a malgastar, o a invertir, 24 horas de tu vida en estar acostado en la cama todo ese tiempo. Así como lo oyes: 24 horas en la cama. Para algunos esto sería una infamia, una ofensa para las buenas costumbres, para mí, no significa nada más que darle gusto al gusto; porque, de que se disfruta, se disfruta.

Ah, que gratificante es estar tendido en tu lecho sin preocupación alguna; sin ni siquiera el deseo de estar acompañado. Grandioso.

Ponerte de un lado y luego del otro, luego boca arriba y después boca abajo. De todas las formas habidas y por haber para descansar los huesos, la carne, y si se puede, la cabeza.

Luego, a la hora que te dé la gana, levantarte y comer algo, y tenderte de nuevo a esperar que la modorra producida por los alimentos, o el llamado mal del puerco, te venza de nuevo, hasta caer rendido en los brazos de Morfeo.

La televisión encendida; de canal en canal y de programa en programa. Sin prisas. De pronto la música, los efectos especiales, los diálogos y demás mezclándose con tus ficciones. Despiertas de nuevo y, sin querer queriendo, retomas la película que estabas viendo. La lluvia de imágenes hace que de nuevo te de hambre, otra vez, a la hora que sea y zas, vuelves a comer…mmm, a gusto te enrolas en otro programa, y al rato…te vuelves a dormir otro tantito.

Parece absurdo, pero para mí, pasar 24 horas en la cama, fue una catarsis. Desde mi colchón recordaba a los hombres de negocios, a esos que aquilatan el tiempo en oro, pero no sentía pena por mí, pensaba que, después de todo, con el dinero compras una cama pero no el sueño. Luego pensaba en esas madres de familia que tienen que realizar todo un circo para que el tiempo les alcance y poder salir adelante con todos los compromisos que una familia acarrea, mientras yo, seguía placido en mi cama.

Algo de lo más valioso de esta sublime experiencia tercermundista, fue que en ningún momento sentí pena o vergüenza por mi proceder. No. Al contrario, me llegué a sentir como un millonario por ser dueño de mi tiempo. Fue interesante desglosar el día en pequeñas etapas de somnolencia con descanso, aturdimiento, letargo, amodorramiento, siesta, flojera, insensibilidad, pesadez, sopor, narcosis, anhelo, ficción y otras tantas sensaciones que una aventura tan absurda como quedarse en la cama por 24 horas puede generar en una mente que, por imitación, está condenada a aprovechar el tiempo de manera redituable, al menos en lo material.

Mientras unos viajan por el mundo, corren por las calles, suben y bajan de los camiones, enloquecen en Wall Street, corretean al ganado, ruegan por tu voto, se hincan ante su dios, saltan de cama en cama, yo, un don nadie, me quedo en acostado 24 horas, claro, sin ninguna enfermedad de por medio; todo con el único afán de rendirle culto a nuestro ancestral cómplice la fiaca.

¡Qué descaro!, dijo doña Ansiedad.

“No puedo explicártelo, no lo entenderías, no se trata de cómo soy, pero me siento confortablemente adormecido” Pink Floyd.