La noche del viernes Manuel se fue con sus compañeros de trabajo a jugar billar y tomarse unas cervezas, muchas cervezas, como cada viernes lo hacía, quesque para olvidar el agobio de la chamba y que el dinero que no le alcanzaba. Pero el dinero no le alcanzaba porque le daba por “olvidar” muy de seguido y ahí se le iba una buena lana. Pero, eso sí, Manuel es un trabajador cumplido en lo más que puede. El caso es que un sábado amaneció con una cruda espantosa, pero aun así, se levantó, montó su bicicleta y se arrancó a la chamba.

No llevaba recorridos ni quinientos metros a gran velocidad, cuando por descuido o por exceso de baches, cayó en uno de ellos, perdió el control, y terminó estampado en el piso. Se dio un golpe en la cabeza que le hizo ver “estrellitas” y ahí quedó tirado. Muy pronto la Cruz Roja llegó y lo levantó. Ahí quedaron rastros de sangre. Se lo llevaron al hospital.

En menos de una hora, su hermano, con quien vivía, se enteró del accidente y fue al Seguro Social donde lo tenían encamado. Estuvo ahí por más de tres horas pero Manuel no volvía en sí. El doctor que lo estaba atendiendo le dijo que el golpe había sido muy fuerte, y que le extrañaba que no hubiera muerto… “Lo más seguro es que le queden secuelas por el golpe recibido, pero eso se sabrá días más adelante; su estado es crítico”, afirmó.

A los cinco días internado en el hospital, Manuel recobró la conciencia; abrió los ojos y saludó a la enfermera que lo estaba bañando. Para el otro día ya estaba de regreso a su casa. Le dieron dos semanas de incapacidad para ver cómo reaccionaba. Su hermano estaba muy contento de que se estuviera recuperando y a la vez estaba muy atento de sus movimientos y palabras para tratar de detectar algo raro, como se lo pidió el doctor.

En cuanto comenzó a hablar, lo primero que dijo: “Hermano, descubrí que la vida es un hoyo: Te engendran por una ranura y naces por una cavidad; te queda un hueco en el ombligo por donde te alimentabas desde antes de nacer; respiras por dos fosas; come por una cueva, defecas por una hondonada; estás triste y sientes un vacío en el corazón, el tesoro de la vista está en un par de socavones; escuchas por dos orejuelas; buscas el amor en cavidades; el universo está lleno de ellos, de hoyos negros; la economía cae de seguido en baches; para plantar una semilla hay que escarbar y, cuando mueres, terminas en un hoyo… La vida es un hoyo” lo decía con toda seriedad. Su hermano no sabía ni qué pensar de las cosas que le contaba tan extrañas, como esa de que la vida es un hoyo…

Un mes después, Manuel regresó a su trabajo. Al poco tiempo le decían “El loco Manuel”, pero él no se enojaba porque sentía que desde el golpe en la cabeza se sentía más inmerso en los devenires de los sentidos.