Parte (1)

Ahí veníamos como cada sábado los cuatro amigos de entre ocho y diez años caminando por el medio de la calle, a las cinco de la mañana para llegar a recoger el Diario del día.

Salir a venderlo era nuestra forma de sacar unos pesos para tener para gastar en la tienda de la escuela. Así ya lo estaba haciendo el Miguel, y nunca le faltaban las tostadas, los limones reales con chile, los Míster Q, los Delaware Punch, las Orange Crush, los Jarritos, las Manzanitas del Huerto, la Sangría De Antaño o cualquier chuchuluco que se nos antojara. Además del Miguel que estaba sacando dinero vendiendo periódicos, por ahí muy cerca vivía el Mingo, un señor ciego que le entraba de lleno a la voceada del periódico; vivía por el Callejón Costa Rica entre Doscientos y Seis de Abril; él iba por las calles con su bastón blanco ofreciendo el Diario, y si él lo podía hacer, nosotros también, y el que el pobre hombre viviera en una casa de cartón, no nos desanimó en lo absoluto; y nos pusimos a vender el Diario.

         Por ese Callejón vivían algunas familias conocidas, como la familia Beltrones, los Saucedo, los Ortega, y otras más. Ahí iba el Mingo con sus clásicas antiparras y con su caja de botes de leche Carnation cortada a la mitad… “El Diario” “El Diario” “Para usted y su familia las noticias del periódico más confiable…llévese el Diario”, gritaba a todo pulmón…

Para nosotros cuatro, llegar justo al mismo tiempo, ni un paso adelante de los demás amigos, justo a tiempo, los cuatro, para que el Güero nos entregara 15 periódicos a cada uno que nos dejaría de utilidad un peso cincuenta centavos. A nosotros nos les vendían en 90 centavos cada uno y lo vendíamos en un peso. En cuanto los teníamos en nuestras manos nos íbamos más al centro, por el lado del Taquito, que abría las 24 horas, y para las seis de la mañana ya estábamos ahí tratando de vender. Eran los tiempos de los tostones de cobre con el rostro de Cuauhtémoc. En realidad vender el periódico en esos tiempos era una forma honrosa de ganarse la vida; había señores que tenían sus rutas, aunque nosotros si acaso íbamos al Mercado o al Mercadito, si no salían clientes en el Taquito, en la Chihuahua y Zaragoza, y los vendíamos todos.

Recuerdo que eran tiempos de civilidad; de respeto a los padres, a los mayores, a los policías en donde los niños podíamos andar en la calle sin peligro alguno, excepto por algún perro callejero que te quería morder…

(Continuará)