Parte (2)

Era a mediados de los años sesenta y en Ciudad Obregón, más bien en todo el municipio, se vivía en paz. Las casas no tenían rejas, la ciudad estaba limpia y podías dormir con la puerta abierta sin que nadie se metiera a hacer daño, aunque no se puede negar que por acá siempre nos ha gustado tomar cerveza, bueno, eso fue hasta que tuvimos más edad, pero por ahí se veían dos tres trabajadores y familiares tomándose unas y a veces de más. Ya después, con más edad,  también le entramos, pero mientras eso pasaba jugar a los encantados, al dieciocho, al uno por mulo, a bailar el trompo y escuchar la radio era lo que nos gustaba hacer, pero en sí, ir al matiné del domingo gracias al pase que nos daban por vender periódicos era lo máximo, recuerdo que vi películas como El Gran Escape, 12 en el Patíbulo, 7 Hombres y un Destino, y otras películas más que nos hacían sentir por primera vez todo tipo de emociones, y eso era muy gratificante para nosotros.

Fue obvio que si vendíamos el Diario nos interesáramos en la lectura, y así fue. Cómo perderse la columna Tarjeta Postal, de don Jesús Corral Ruiz, la sección deportiva que presentaba a los jugadores de la Liga Invernal de Sonora, que luego pasó a ser la Liga Mexicana del Beisbol, y fue aquí, en el estadio de beisbol que estaba a la vuelta del barrio, llamado Álvaro Obregón, en donde ampliamos nuestro negocio vendiendo sodas, tortas y rentando cojines para estar más cómodos en los asientos de concreto. Recuerdo que nos íbamos al estadio a esperar a los jugadores para saludarlos personalmente, y entrabamos triunfantes junto con ellos cargándoles sus cosas para jugar. En ese tiempo el alumbrado público lo encendía un empleado del ayuntamiento que iba de poste en poste levantando el switch y en la mañana muy temprano pasaba a bajarlo.

Ya después, cuando entramos a la secundaria, cada uno de nosotros se fue por su lado porque cada quien tenía sus propios intereses y necesidades, como yo, que me fui a trabajar con don Bartolomé Delgado de León, quien me contrató de mensajero y ahí fue en donde el olor de la tinta y el rotar de la prensa se metieron en mi sangre para siempre. Al rato, estaba de aprendiz de linotipista, barriendo la banqueta y haciendo lo que fuera. Me gustó tanto este trabajo que me salí de la escuela para dedicarme de lleno. De corrector de estilo estaba el maestro Bernardo Elenes Habas, nada más y nada menos que él, era el corrector. Tiempo después empecé a trabajar en otro periódico en donde era reconocido por mi habilidad para armar las páginas, entre otras cosas, hasta que un día, el armador oficial no fue a trabajar y fueron a buscarme a mi casa para que lo supliera, pero era sábado y yo ya había quedado con mis amigos de ir a una fiesta. Y así fue. Nos fuimos de fiesta…

Al otro día me corrieron del trabajo y entonces decidí volver a la escuela; entré a la universidad en la Ciudad de México en Economía y Finanzas, lecciones que luego pude poner en práctica en varias administraciones públicas en donde obtuvimos muy buenos resultados y me fue saliendo trabajo de asesor para diversas empresas. Luego, mi deseo de apoyar el desarrollo de mi querido pueblo me motivó a ir a la Ciudad de México y traerme una extensión universitaria del Politécnico Nacional, que aún sigue en funciones en esta ciudad…

El tiempo ha pasado y me ha nutrido de experiencias, aprendizajes, errores y aciertos, pero, lo que más disfruto es poder tener mi columna Gabinete Empresarial, en el Diario, en donde empecé como papelerito.