“¿Cuántas veces te he dicho que no le digas así a la niña?  “¡La cosa esa!” ¡Son fregaderas tuyas, Brianda! En lugar de hacerte cargo de tu hija, ahí sigues de vaga todas las noches, ah pero eso sí muy buena para abrir las piernas con el primero que llega… ¡Es el colmo!” ,  gritó doña Graciela ahogada en llanto y coraje, a su bisnieta.

Ya no sé qué hacer con esta muchacha, contaba doña Graciela a quien le prestaba oídos a sus lamentos; sé que su madre y su abuela no fueron muy buenas con ella” afirmaba”, y por eso es así, pero ¿yo qué culpa tengo…y la pobre niña qué culpa tiene de haber nacido así?

La Brianda y el Nayo se conocieron en el callejón que está frente al Mercado Municipal, en el centro de la ciudad. Ella se estaba fumando un cigarro y él llegó a darse un toque de mota y le sacó plática. Desde entonces se hicieron inseparables. Yo no sé qué le daría, pero ella se clavó macizo con el mentado Nayo ese, refería doña Graciela muy molesta…

Desde entonces se perdía por días y de repente regresaba a la casa de su bisabuela, en donde vivía, y mal atendía a sus otros dos hijos que tuvo con otro fulano, y se volvía a ir, no sin antes agarrar lo que pudiera para venderlo.

Luego me enteré de que estaba embarazada otra vez, dijo doña Graciela, porque le veía vomitando, luego la pancita…y es que una madre luego sabe cuándo una mujer está embarazada. Luego se nota, afirmaba. Y, sí, luego sus sospechas se confirmaron cuando escuchó que la Brianda le dijo a alguien por teléfono que estaba embarazada.

El estar esperando un hijo no le impidió que siguiera trasnochando todos los días; llegaba a la hora que le daba la gana y a leguas se notaba que andaba en drogas. La boca seca, la mirada perdida, ansiosa, ojerosa, todo le molestaba, paranoica; se veía como zombie…flaca, flaca, y su pancita de embarazada.

Un día, se desapareció unas semanas y luego llegó a la casa, cuenta doña Graciela, llegó con una caja de cartón con un bebé adentro; era una niña, pero una niña muy…muy… rara. Estaba morada, con los ojitos tristes, con bellos por todas partes y se convulsionaba. Verla así me partió el alma y me hizo sentir más coraje contra la Brianda, quien aparte de mala madre no aporta nada a la casa y siempre andaba nomás de loca por ahí.

En cuanto nació la niña, el doctor que atendió el parto y los enfermeros se dieron cuenta que esta criatura era hija de una mujer adicta y que había nacido mal de a tiro. Lloraba de manera lastimosa, pero ellos sabían que era por la abstinencia. De reflejos nulos y la piel ceniza. Ya ni raro se les hacía ver el nacimiento de otro niño en estas condiciones; “una más” solo dijeron los enfermeros.

Desde su nacimiento la pequeña se quedó a cargo de su bisabuela, doña Graciela, una mujer humilde y ya mayor que le hace como puede para que la niña al menos tenga unos brazos que la carguen, la cambien y la alimenten, porque ella, aparte de convulsionarse a cada rato, no puede valerse por sí misma. Se medio arrastra, pero hasta ahí; ni ruido hace la pobre; ni balbucea, nada, está como ida y llora mucho; es como una muñeca de trapo que no se puede sostener…creo que por eso su madre le dice “la cosa esa”, ¡pero no es justo! Yo me enojo mucho y me dan ganas de romperle el hocico a la Brianda y tumbarle los dientes, pero ya nomás le quedan 4. Está perdida, y su hija también. No sé qué hacer, me dijo llorando doña Graciela, y luego se fue.

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