Un día 6 de agosto,  pero hace 74 años, el mundo se estremeció con el primer bombardeo atómico de la historia sobre la ciudad japonesa de Hiroshima en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, realizado por la Fuerza Área de Estados Unidos, lo que provocó la rendición inmediata y sin condiciones de Japón ante Norteamérica,  y que dejó más de 120, 000 civiles muertos y 300,000 heridos, tragedia que hasta la actualidad sigue dando muestras de sus devastadores resultados, presentando mutaciones genéticas y variaciones biológicas y anatómicas por las radiaciones a las que se vieron expuestos miles de nipones. Desde entonces, las cosas no han cambiado mucho en este mundo, al menos en lo que a muertes y desgracias provocadas por el hombre se refiere. Hemos avanzado tanto en nuestra carrera infernal de exterminio y xenofobia, que algunos aseguran que el final de la humanidad se cierne sobre nosotros. Es momento en que no nos ponemos en paz; las guerras siguen, y los crímenes de odio también, como los que se acaban de presentar en Texas y Ohio en EU, eso sin contar las epidemias de salud como el VIH Sida, las adicciones, los atentados contra la naturaleza, entre otros actos de barbarie generada por el hombre, que vienen a complementar el cuadro negro con el que entre todos hemos estado pintando al sol.

La estupidez humana avanza a pasos agigantados llevándose entre las patas a los hermanos de los hermanos; pero, quizá, sea éste triste panorama la mejor lección para que los hombres y las mujeres nos decidamos de una buena vez a cambiar el rumbo… ¿Se podrá? ¡Creo que sí! Sólo necesitamos despertar la conciencia y actuar; darnos, ahora sí y sin titubeos, a la tarea de cambiar nuestras formas de ser y de pensar o atenernos a la destrucción de la especie.

Un buen paso sería comenzar por darnos cuenta que estamos experimentando cada uno de nosotros el gran milagro de la vida y, por lo tanto, estamos obligados, para nuestro beneficio, a comenzar a ver y hacer las cosas de otra manera; de hecho, en estos momentos en el mundo, al lado del desastre y la destrucción, están surgiendo y creciendo ángeles encarnados en niños y jóvenes que vienen con la intención de ayudarnos. Y, no es que sólo haya mal a nuestro alrededor, lo que sucede es que es más difícil que el bien germine y prospere en esta tierra manchada de sangre y devastación. Para el noble de espíritu no existe la destrucción. Para aquel que se decida cambiar desde su interior, el miedo se acaba, y el hambre se puede saciar.

Comencemos esta misma mañana a ver la vida con nuevos ojos y encontremos la pureza en los corazones de nuestro alrededor, y limpiemos con palabras de aliento y brazos fuertes el cochambre del camino. Vivamos este día tal y como si fuera nuestro último y algo comenzará a cambiar en este mundo que se hace viejo y frío. El mejor ejemplo de que se pueden cambiar lágrimas y dolor por alegría y satisfacción, son las flores que, a pesar de todo, siguen oliendo igual que siempre. Y ve en los ojos de los niños esa luz tan especial que les brinda la inocencia; escucha esa música que aún alegra tus oídos, y no olvides que lo bueno no se puede destruir, es el mal el que aniquila día a día llevándose a quienes lo nutren. Todavía hay espacio para el amor y la paz y para tanta cursilería que los buenos deseos suelen ofrecer.

Que tanto dolor no sea en vano. “A la ciudad a donde había abundancia trajeron pillaje, las espadas y la llama, cuando se fueron la ciudad quedó vacía y los niños nunca más volvieron a jugar” Thin Lizzy

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