Estaba sentado por fuera del trabajo, y el sudor corría por mi frente y llegaba, después de recorrer todo mi cuerpo, hasta las plantas de mis pies. Los zapatos pareciera que se estaban derritiendo cual chicles en el suelo. Y mi cabeza a punto explotar por el sobrecalentamiento como si fuera el radiador de una carcacha.

Ni todas las paletas del carrito podían refrescarme, y en más de una ocasión terminaron derretidas en el piso antes de llegar a la boca.

Ah, el calor ardiente de las calles que convierte el horizonte en espejismos, mientras mi mente vuela desesperada hasta un oasis imaginario, en donde las palmeras bailan al ritmo del viento; el agua dulce y fresca brota de la tierra, y los dátiles jugosos caen rendidos ante mí por su peso.

Es el mismo calor que me tiene alucinando…

Pero, de pronto, mi mente regresa a la realidad: La rutina del trabajo también ha dejado su herencia maldita en mi cuerpo y en mi mente.

Cada entrada y cada salida de la bodega cargando los sacos de semilla deseaba que fuera la última, sí, de repente deseaba desmayarme para evitar seguir cargando esos pesados costales que tienen mi cuello y mis manos ardiendo en salpullido y con la carne al rojo vivo, como evocando al infierno.

Antes tomaba agua helada, hasta que un día me dio lo que llaman un “golpe de calor” y me sentí muy mal. Dicen que llega a ser mortal, por eso no es bueno tomar agua helada andando acalorado; es como echarle agua fría a una máquina caliente: truena.

Después le comencé a entrar al café caliente pues dicen que te quita el calor, pero es sólo una ilusión momentánea, pues de nuevo el fuego corroe mis entrañas convirtiendo mi sangre en moronga.

Con la puesta del sol a su punto más alto llega nuestra hora de descanso, y todos corremos a guarecernos de la su inclemencia bajo cualquier sombra de árbol, o en donde se pueda. La comida, más que saborearla, me provoca nauseas.

No sé si sea por mi olor a rancio o por el sudor que se mezcla entre mis manos y los tacos. Con la comida vino un soponcio y luego un sueño que me llevó hasta Beijín.

Estando ahí, vi con asombro cómo desde hace miles de años los chinos inventaron la pólvora, la brújula, la carretilla, el reloj, el papel, los billetes, el ábaco, el paraguas y hasta el futbol, además de los pinceles, la tinta, la porcelana, el sistema decimal, los cometas, las estructuras hexagonales, el timón, el sismógrafo, la pintura fosforescente, los fósforos, la rueca, el compás y muchas otras cosas…

Más que burlas, creo que mis ronquidos provocaron molestias, ya que después de unos minutos dormitando, los compañeros me despertaron para seguir trabajando hasta la caída del sol.

A las 7 de la tarde me fui a casa cansado, deseando que la noche fuera eterna.

Al llegar no me esperaba nadie, sólo cuatro paredes y el sonido del aire acondicionado, entonces pensé, hmm, que inventos chinos ni que nada, ¡el mejor invento de todos es el aire acondicionado! Y me dormí plácidamente con una sonrisa en los labios mientras duraba la noche.

“Caliente, caliente, más caliente que el infierno ella te quemará como el sol de mediodía” Kiss

Jesushuerta3000@hotmail.com