Estaban tumbándome la puerta como si me vinieran a avisar que me saqué la lotería o como lo haría un cobrador desesperado después del día de raya. Me despertaron y me dio mucho coraje, más que era sábado a las 7 de la mañana. ¡No se vale! pensé, y dije, ahorita lo pondré en su lugar a quien quiera que sea.
Me levanté de la cama y así, sin peinarme y mal encarado, abrí la puerta…
¡Qué horas son estas de estar chin…! Alcancé a decir, pero me di cuenta que eran dos niños los que estaban tocando, uno, el mayorcito, que tendría unos 12 años, estaba atrás de una silla de ruedas, en la silla, estaba una niña que se veía menor que él, que me sonrió.
Solo con ver a ese par se me pasó el enojo.
Y bien, niños, ¿qué andan haciendo tan temprano? ¿En qué les puedo servir?, les pregunté de la manera más suave que pude.
—Señor, venimos a pedirle su ayuda, es que mi hermana necesita una operación de cadera para poder caminar, y no tenemos dinero—contestó el niño.
Somos muy pobres, por eso andamos pidiendo de casa en casa, continuó.
Y bueno, ¿ya saben cuánto necesitan? Pregunté.
—Dice mi mamá que la operación sale en 90 mil pesos, pero con lo que guste cooperar—dijo la niña— y sonrió de nuevo.
¡Huy, ojalá tuviera ese dinero para dárselos! pero los ayudaré con cien pesos que tengo ahí, esperen un momento y se los traigo.
Pronto regresé y les entregué el dinero. Si vuelven en dos días quizá les pueda dar un poco más. ¿Cómo se llaman?, requerí.
—Yo soy Mario, y ella es mi hermana, Carlita, dijo el niño. Y nos despedimos.
Cerré la puerta y me volví a acostar con la idea de dormirme, pero no lo pude hacer; me quedé pensando en cómo podría ayudarlos…
De pronto se me ocurrió una idea con la que podría conseguir el dinero… comencé a planear cómo entrar a robar a la casa de un vecino que yo sabía que le sobraban las joyas y el dinero, además de que me caía muy mal.
Esta persona vivía justo atrás de mi casa y sabía que era un vividor que solo le gustaba darse la buena vida con lo que se había robado estando en el gobierno y que se sabía que ni a sus hijos, ni a su ex mujer, a los que había abandonado, les daba dinero y los trataba mal.
Esa noche de sábado, como casi todas las noches, el vecino tuvo otro de sus ya famosos aquelarres y pensé que en la madrugada, cuando todos se hubieran ido, y cuando él cayera rendido por el alcohol, sería el momento ideal para meterme a robar a su casa, y así lo hice.
Me brinqué la barda y entré sin hacer ruido por una ventana que daba al patio. Busqué su recámara, y, cómo lo había pensado, ahí estaba, bien botado, en su cuarto que olía a tabaco, perfume barato y wiski añejo. Roncaba a más no poder, estaba, como quien dice, muerto de borracho.
No batallé mucho, porque, justo en el buró de su cama estaba una paca de billetes, un reloj y un par de anillos dorados. Los tomé y me di media vuelta,
— ¿Qué diablos haces aquí?—, en eso, gritó.
— ¡Me estás robando, desgraciado, te va a llevar la chin…!, gritó más fuerte.
Al oírlo despierto, volteé y vi que tenía una pistola. Pero él estaba tan bebido que se le resbaló de las manos y la tomé yo. Y como había visto en las películas, puse una almohada y le disparé dos veces en la cabeza.
Salí temblando de la casa. Me brinqué la barda de nuevo, y me encerré en mi cuarto. Seguía temblando.
Ya cuando me repuse de la impresión me atreví a contar el dinero; eran 116 mil pesos. Aparté los 90 mil de carlita y guardé el resto junto con el reloj y los anillos.
48 horas después, como había quedado con ellos, los niños tumbaban de nuevo mi puerta. Sonriente, abrí con el dinero en la mano. Pero no, no eran ellos, era la policía que venía por mí.