Hace un par de meses que dejé de pre­guntarle a mi padre cómo estaba cuando le llamaba o cuando lo visitaba, porque siem­pre me contestaba: aquí, esperando…

Y saben, odio esa respuesta por lo que sé que quiere decir. Sé que de sus pocos amigos que tenía ya nomás le queda uno. Vamos, ya sé que mi madre, su esposa, ya también se murió y sé que se tuvo que retirar de su trabajo porque por viejo ya nadie lo contra­taba, cuando años atrás fue el piloto aviador favorito de la gente más importante de estas tierras y hasta fue el piloto de más de dos o tres de los gobernadores del Estado, pero ahora, ahí está en su casa, a solas, y como él dice… esperando.

¿Esperando qué? A morirse. Y a mí me duele cada vez que lo dice, porque ni un hijo, y menos un padre, quiere escuchar eso jamás uno del otro.

—Es que mijo, nadie quiere vivir por siempre y llegará un día, si llegas a viejo, en que todo se enrede tanto que ya no quieras seguir viviendo. Te llegará un momento en que sientas que ya te quieres morir, aun cuando tengas hijos, nietos, bisnietos, nego­cios y muchas cosas. Llegará un día en que estar vivo te duela tanto que cada paso, que cada actividad por más simple que sea, sea como una lenta agonía. Llegará un plazo en que todo el cuerpo te duela y, no sólo eso, te dolerá ver que no alcanzaste miles de metas pensadas; te dolerá ver que ya no tienes ni siquiera sueños que perseguir; llegará el día en que quizá pienses que este mundo no tiene compostura como uno lo piensa de joven…y no olvides que nadie sale vivo de aquí.

Pero, papá, a mí, lo que me duele es es­cuchar tus palabras y ver que mi querido viejo solo esté ahí, esperando el momento de levantar el vuelo por última vez para nunca más volver. Sé que no soy el hijo que tú quisiste hacer de mí con la educa­ción casi militar que me diste; con todos esos castigos, “por mi bien”, como decías, y con tu ejemplo de hombre de rectitud ejemplar. Sé que mi estancia en la cárcel por varios años es parte de esas piedritas que van haciendo cada vez más pesado el saco que todos vamos cargando, pero es normal cometer errores, más para mí, que no soy ni quisiera la sombra de lo que tú eres, pero quiero que sepas que me estoy enmendando y, no sé si sirva de algo que te lo diga, pero amo a mi familia y soy feliz a mi loca manera. Papá, por favor, ya no me digas eso cuando te pregunte cómo estás, porque soy yo quien va muriendo un poco cada vez.

“¿Quién se atreve a amar por siempre, o cuándo un amor debe morir?… El por siem­pre es nuestro presente” Queen

Jesushuerta3000@hotmail.com