Una herencia del pensamiento de la Ilustración es considerar la dignidad como una condición, cualidad o propiedad intrínseca de todo ser humano. En el trabajo del filósofo Immanuel Kant (1724-1804) se encuentra su fundamentación cuando dice: “La humanidad entera es una dignidad; porque el hombre no puede ser utilizado únicamente como medio por ningún hombre (ni por otros, ni siquiera por sí mismo), sino siempre a la vez como fin, y en eso consiste precisamente su dignidad.” Es decir, la dignidad es la cualidad que posee toda persona ligada a ser un fin en sí mismo y no solo un medio o instrumento para otros. Todos nosotros somos un medio para que otros alcancen sus fines (una enfermera es un medio para que los enfermos recuperen su salud) pero no solo un medio, sino somos fines en sí mismos.

Para la filósofa Martha Nussbaum, todas las personas poseen una serie de características básicas sin las cuales serían “menos personas”. Su noción de dignidad está estrechamente relacionada con las oportunidades disponibles para cada persona, que pueden elegir llevar o no a la práctica. En consecuencia, para que las personas sean capaces de llevar una vida digna, los gobiernos están obligados a procurar a todos los ciudadanos un nivel más que suficiente de bienes y servicios para que no sintamos humillación y sí respeto por nosotros mismos; que se nos trate como seres dignos de igual valor que los demás, y podamos vivir con y para los demás participando en formas diversas de interacción social.

Entonces, la dignidad requiere autonomía, inclusión, respeto y autorrespeto, reconocimiento, justicia y solidaridad. La idea de dignidad se sustenta en el estatus igual de cada individuo independientemente de su raza, género, religión, preferencia sexual, talentos o habilidades, por lo mismo, es opuesta a la idea de superioridad o inferioridad de ciertos grupos humanos en relación con otros, así como de la idea de que es posible sacrificar la vida o las condiciones de vida de unos para lograr el bienestar de otros.
Al respecto, Karl Marx (1818-1883) expone lo siguiente: “El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”. En el capitalismo, el trabajador, inmerso en un sistema de explotación franca, descarada y descarnada, pierde su personalidad, no es dueño de su trabajo ni de su vida, solo es un medio para satisfacer las ambiciones de los dueños de vidas y haciendas.

Cuando no existe un interés genuino en reconocer a las personas como seres autónomos se les está negando el estatus de persona, lo que significa excluirla de la humanidad, lastimar su autorrespeto y humillarla, convertirla en objeto o, como a Gregorio Samsa, en un insecto repugnante. Se atenta contra la dignidad de las personas cuando se despide en forma injustificada a un trabajador, cuando a una mujer se le humilla durante el trabajo de parto, o cuando a un ciudadano se le obstaculiza el derecho a la justicia. Finalizo esta breve reflexión con Kant quien desde el siglo XIX nos hace una recomendación que deberíamos repetir como mantra: “La dignidad de la humanidad en nosotros (…) se hace visible cuando no permitimos que nuestros derechos sean pisoteados impunemente por otros.”