Este miércoles se cum­plieron los primeros 100 años del asesinato del General Emiliano Zapata.

Organizaciones como la Unión General Obrero, Cam­pesina y Popular (Ugocp), en­cabezada por el profesor Miguel Ángel Castro Cosío, recordaron ese hecho con ceremonias espe­ciales.

Se trata, sin duda, de uno de los personajes importantes de la inconclusa Revolución Mexica­na. Con su muerte, las esperan­zas de muchos campesinos para que se les entregaran las tierras que serían su patrimonio fami­liar, se esfumaron.

Es más, al menos en Sono­ra, fue hasta 1976 cuando en realidad las promesas revo­lucionarias de reivindicar a la familia rural comenzaron a concretarse mediante el re­parto agrario que benefició a cientos de personas.

Desafortunadamente, los al­cances de esos hechos históricos tuvieron poca dimensión.

Hubo, es cierto, cierta prospe­ridad entre los nuevos ejidata­rios y algunos hasta perdieron la cabeza y en vez de ahorrar el fruto de su esfuerzo en la parce­la, contrataban música, compra­ban mucha cerveza y comían a placer.

Cuando las condiciones le­gales y económicas cambiaron, a partir del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, el golpe al campo, sobre todo a los de cinco hectáreas de los ejidos colectivos, fue demoledor.

Las instituciones encarga­das de fomentar la producción cayeron en un burocratismo y sectarismo descomunal, al gra­do de apostarse solamente hacia aquellos “proyectos rentables” y poco a poco fueron dejando fuera de las líneas de crédito a quienes con escasas cinco hectáreas no tenían al alcance cómo cubrir los altos costos de producción.

Y se incrementó un fenóme­no que hoy en día llega prácti­camente al 90% de los ejidos: el rentismo.

Los terratenientes solamen­te vieron pasar el cadáver del enemigo y pronto tuvieron en sus manos, de nueva cuenta, las grandes extensiones que un decreto presidencial les había quitado en aquel 1976.

Es decir, en el agro se dio un paso hacia adelante y varios ha­cia atrás.

Son pocos hoy los campesinos que siembran su propia tierra. Y son más los que, de nuevo, han caído en el nivel de “peones” en sus propias parcelas.

A ese grado ha llegado la si­tuación rural de Sonora y mu­chas zonas del país. Si Emiliano Zapata reviviera, volvería a ver a aquellos hombres del campo por los que luchó, sin ningún avance, económico o social.

Y dijo bien el profesor Castro Cosío en su discurso de ayer que hace falta Zapata en el agro na­cional.

La fuerza de su lucha fue tan poderosa que se vieron obliga­dos los caciques de entonces a calmarlo solamente a través de las balas.

Hoy, a los activistas sociales los calman de dos maneras: con balas o con dinero.

Ojalá haya quienes resistan los cañonazos.

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