Un Presidente y un pueblo

A veces nos preguntamos por qué este país que tanto nos duele no ha logrado pasar a los niveles de desarrollo que los ciudadanos se merecen.

 

 

Una y otra vez le damos vuelta a las ideas y, sinceramente, acabamos culpando a todos los que están a nuestro alrededor por la falta de progreso, individual o colectivo.

 

 

Y puedo apostar doble contra sencillo que una de las críticas más severas las lanzamos en contra del gobierno.

 

 

A los senadores, a los diputados, a los presidentes municipales, a los gobernadores y al Presidente de la República, les va como en feria con nuestros ataques.

 

 

Ni siquiera sabemos a veces quiénes son nuestros regidores, pero también les toca algo de lo que estamos pensando en contra del gobierno.

 

 

Y no es que nuestros “servidores públicos” sean blancas palomitas, ni mucho menos, pero en el balance final de la falta de crecimiento de esta nación nunca hemos encontrado quizá que los verdaderos culpables de nuestras desgracias somos nosotros mismos.

 

 

Por años hemos dejado que los funcionarios, de todos los niveles, se echen al bolsillo dos que tres millones de pesos en cada obra.

 

 

“Nomás con que trabaje”, suelen decir algunos y vuelven a echarse en la hamaca para seguir retozando a la espera de la próxima despensa o simplemente del apoyo del 65 y más.

 

 

Y si alguien protesta en público, lo tildamos de loco. Pero si su manifestación redunda en un beneficio para la sociedad, lo tomamos como viene y seguimos en la comodidad de criticar hacia el interior del hogar, pero jamás acudir a un mitin porque “qué flojera”.

 

 

Culpamos al “funcionario corrupto”, pero en la primera ocasión en que nos detiene un agente de Tránsito por ir a exceso de velocidad, le presentamos un billete para que “no la haga de tos”.

 

 

Un día sí y el otro también, rezongamos por todo lo malo que le sucede a este país. Pero a la hora de aportar soluciones, “que otros trabajen, que para eso les pagan”.

 

 

El 1 de julio el entorno político del país dio un vuelco que, sinceramente, no se esperaba de esa magnitud.

 

 

Y ya con eso, muchos sentimos que los problemas de esta nación se resolverán de la noche a la mañana, como si quienes llegaron fueran extraterrestres o trajeran consigo varitas mágicas.

 

 

A pocos les ha caído el veinte de que para que Andrés Manuel López Obrador transforme verdaderamente a México necesitará un buen rato de lucha contra las fuerzas nacionales e internacionales, políticas y económicas, que se han “amafiado”, para seguir con los términos de AMLO, y tienen postradas a ésta y muchas otras naciones.

 

 

Los grandes intereses internos y externos quieren que el orden de cosas siga como hasta hoy. Les conviene para que los ricos sean más ricos y los pobres sigan necesitando de ellos y convertirse en sus “salvadores”.

 

 

Aunque me vea muy “de izquierda”, debe decirse que es el “capitalismo salvaje” el que domina.

 

 

Así que si deseamos en verdad la “cuarta transformación” de la que tanto nos hablan los morenistas, habremos de empezar por nuestras propias vidas.

 

 

López Obrador no va a lograr otro país por sí mismo. Más que su mayoría legislativa, el Presidente electo va necesitar la aportación de cada mexicano.

 

 

Pero si no pasamos de la crítica a los hechos, ni con el Mesías como Presidente vamos a pasar al primer mundo.

 

 

Así de simple y así de difícil.

 

 

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