Nunca estuve conforme

Por: Magda Irma Palomares

Despertó con una pesadez aletarganete recorriéndole el cuerpo. No podía explicarse lo sucedido. Lo último que recordaba era haber sentido aquel rocío salpicándola y supuso que la sirvienta regaba el jardín y el agua la había alcanzado.
Continuó avanzando por el sendero que llevaba a la cocina y que tanto le gustaba recorrer, pero súbitamente se sintió envuelta en una vorágine y el tiempo dejó de existir para ella ante el abrazo de la obscuridad y el silencio.
Al volver en sí, se encontraba tirada sobre la espalda y con las extremidades hacia arriba, sin sentir dolor, descartando encontrarse fracturada, pero aquella somnolencia que la invadía le restaba fuerza para intentar levantarse.
No podía qudarse así; tenía que recuperar su posición normal pero se debatía inúltimente, logrando moverse apenas hacia un lado.
Recordó que entre sus compañeras de oficio se decía que era peligroso sufrir un accidente y quedar en esa posición, porque difícilmente podría erguirse de nuevo. Se resistió a pensar en ello y redobló sus esfuerzos para levantarse, sin éxito alguno.
De pronto, se paralizó.
Sintió que la tierra tembló ante la fuerza de unos poderosos pasos. Se quedó quieta, esperando que los pasos se alejaran, pero con pánico observó que se dirigía hacia ella. No pudo ni siquiera moverse. Antes de sucumbir ante el peso de aquella mole humana un último pensamiento la sacudió: “Nunca estuve conforme con ser una simple cucaracha…”

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