Las crónicas de… Lectura para todos

Las crónicas de… Lectura para todos

Por: Ángel de Campo, Micrós

El público que concurre a nuestras bibliotecas públicas una parte, a lo sumo, lo hace con fin útil; dése un vistazo a las estadísticas de esos establecimientos y se vendrá en conocimiento de que privan entre los concurrentes las novelas, los libros con estampas, las aventuras maravillosas, las obras de medicina que tienen láminas, los filósofos que han causado escándalo y otras amenidades.
Yo conozco muchos habituados de San Agustín, jefes de toda una especie, por ejemplo el pintor de fachadas que necesitando modelos calca de obras costosas las figuras principales; el que únicamente pide periódicos de caricaturas y se pasa la mañana viendo muñecos; el niño precoz que busca en los diccionarios el significado de las picardías; el menor de edad que gusta conocer al amor y a la mujer y la estudia a través de Michelet, de Catalina y del Beaunis et Bouchard; el que pinta venado y prefiere las matemáticas el Libro Rojo; el que con muy mala ortografía pide la Historia de la prostitución, los dos volúmees y otros muchos que ocupan una mesa para matar el tiempo y fastidiados de una obra reclaman otra y la hojean y la devuelven en cambio de una tercera.
Pero yo no encuentro amor al libro en esos lectores, veo que lo manejan con descuido, que creen que por pertenecer al gobierno pueden y deben inutilizarlo, hay gentes de educación tan rudimentaria o tan desviada, que gozan con pintar bigotes a un grabado de Doré, aumentar una indecencia a una estampa, o escribir con letras gordas, letras de lépero, el insulto a la picardía; otros roban grandes grabados o recortan de una colección de periódicos un soneto, por ejemplo, ¿y que dependiente por desocupado que se le suponga puede revisar un infolio de 500 páginas?. Se supone que ha prestado un tomo, no al gañán de la lectura, al ratero de papel impreso, sino a un individuo que desea y sabe leer.
Es de tal carácter la mayoría de los abonados de nuestras bibliotecas, que no se han dado cuenta del lógico, intachable, minucioso método de los catálogos que no titubean en llamar obra maestra del Sr. Vigil, producto de estudios y meditaciones que el vulgo no comprende.
Tratándose de cierto público yo estoy por las restricciones en las bibliotecas, hay sujetos a quienes no prestaría ni una novena si antes no se lavaban las manos; otros a los cuales pondría un gendarme a retaguardia y muchos a quienes registraría al salir.
Sucede allí lo que en los jardines donde pasean personas que van por higiene, otras por descansar en una banca, otras por ver una especie de pájaro raro, y un número vergonzoso con el único y exclusivo fin de hollar los pastos, cortar las flores, romper los alambres y contarlo con orgullo a sus amigos y no es ahí el único lugar donde debe ponerse este letrero:
“Se prohíbe el paso de animales”.

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