Las crónicas de… Arquitectura

Las crónicas de… Arquitectura

Por: Ángel de Campo, Micrós

El espectro de la “castreña” me sigue a cada paso, la imagen de ese derrumbe que en pocos minutos privó de la vida a un comerciante probablemente animoso, fuerte, lleno de esperanzas y recorro las calles (nuestros depósitos públicos y gratuitos de lodo), y volteo a diestra y siniestra y miro los edificios cuya decrepitud y próxima muerte publican las cuarteaduras, las piedras desnudadas como una gangrena, los dinteles de las puertas hundidas, los balcones torcidos, los cimientos sudando infiltraciones y salitre: casas enormes pero viejas, infelices fábricas, condenadas a sostener dos o tres corredores de vecindad, con macetas, barriles llenos de agua, acumulación de personas, muebles pesados; millares de toneladas que deben sumirse con los jardines no de Semiramis, pero sí aéreos de las azoteas, con el poco amor que los inquilinos tienen a la casa que ocupan, con los que pudiéramos llamar falsificaciones arquitectónicas, que dan gato por liebre, es decir, adobe por ladrillo, con la edad de esas arcas de Noé, y con la benevolencia de esos señores que a su cargo tienen denunciar una finca ruinosa, como un agente sanitario denuncia a un apestado.
Y comienzo por enumerar, no como próximos a derrumbarse, pero sí como abandonados, muchos edificios de Gobierno, que si se les abandona, darán el día menos pensado del siglo futuro el tranquilo final; esa Escuela de Comercio arrastrada por la mole de la Escuela de Minería; ese Cuartel de Peredo, que se llevó en las espuelas sa dos soldados no hace mucho tiempo, ese Hospital de San Juan de Dios, que parece una mismísima entrada de catacumba, ese y… seguiría con las eses, si no temiera cansar a los cajistas, con sumario monótono que todo el mundo menos los interesados, se saben de memoria.
De fincas particulares no quiero hablar; se sostienen muchas a fuerza de puntales como el Teatro Nacional, y a propósito, ¿qué opinan ustedes del venerable Arbeu?, ¿no creen que por caridad deberían recetarle primero baños y después muletas?
Mal andamos en materia de caserones del México colonial, caserones a los que debía sujetarse a observación, siquiera para embellecimiento de esta ciudad de los palacios que fueron; pero la eterna historia, los propietarios son los israelitas, el pueblo elegido por el ayuntamiento, para hacer su voluntad, ellos cobran un ojo de la cara por una infecta pocilga, antesala del tifo y del hospital y de la tumba; ellos jamás hacen una compostura ni se cuidan de la higiene; ellos se embolsan los morlacos y medio blanquean una fachada por cubrir la agonía de una pared; ellos no sufren crujimientos de vigas ni tienen sobre la cabeza un techo de Democles; pero en cambio, a la hora en que se les da la gana, invaden la acera con sus andamios para obra personalísima, interrumpen el tránsito, y todavía, de manera poco cristiana, encuentran modo de jugarle una al fisco.

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