La transición económica en el mayo. De la minería a la agricultura

En los años ochenta del siglo XIX (1882-1887) ocurrió una gran crisis socioeconómica que afectó al noroeste del país y, en particular, al Distrito de Álamos. Fueron varios factores, como la epidemia de fiebre amarilla (1882-1885), principalmente en Guaymas y Hermosillo; la caída del gobernador Carlos R. Ortiz en 1882, y la consecuente reestructuración del aparato político estatal; el problema de las alcabalas (impuesto a la compra-venta) que afectaba al libre tránsito de mercancías; la guerra contra las tribus Mayo y Yaqui, y finalmente la crisis económica mundial, que repercutió fuertemente en la minería. (“Historia del ferrocarril de Sonora bajo la propiedad de Atchison Topeka & Santa Fe RR, 1880-1897” Juan José Gracida Romo, UNAM, 1994).
Álamos, desde sus orígenes (finales del siglo XVII) se transformó en un polo económico, social y cultural debido a la minería y, principalmente, a la extracción de la plata. Fue así un asentamiento de mineros, comerciantes y terratenientes que lo colocaron como un bastión político, económico y comercial en el norte del país. Además, se convirtió en la cabecera de un centro comercial gracias al auge minero de La Aduana, Promontorios, Minas Nuevas y otras, que abastecían de productos a su población, a la región y a una amplia zona de Chihuahua que se extendía desde el mineral Jesús María, al norte, hasta Guadalupe y Calvo, al sur.
Sin embargo, en la primera mitad del siglo XIX la región sufrió un franco descenso en la producción minera y sólo algunas vetas siguieron funcionando, como “La Cotera”, que era trabajada por Bartolo Almada; “La Nacacherán”, por Pedro Perrón; “La Libertad”, por Manuel de la Brena, y “La Quintera”, todas ellas en el mineral de La Aduana. También, en el mineral de Promontorios se encontraba en producción la mina “Balvaneda”, de José María Almada, y “La Europita”, de Manuel Salido (“Noticias estadísticas del Estado de Sonora” José Francisco Velasco, Gobierno del Estado de Sonora, 1850).
Pero su mantenimiento fue insostenible y la década de 1880 marcó un parteaguas en la minería, que obligó a muchos propietarios a vender o arrendar sus propiedades a inversionistas extranjeros, bajo el amparo y las facilidades que les brindaban los gobiernos de los presidentes de México, Manuel González y los subsecuentes de Porfirio Díaz. Estos son algunos ejemplos de minas que estaban en lista de espera para el mejor postor: “Santo Domingo”, de Jacinto Y. Caamaño y Josefa Salido de Almada; “Zambona y Descubridora”, de Tomás Robinson Bours, hijo, y su esposa Manuela Goyeneche; negociación minera “Los Alisos”, de Pascual y Jesús Mange;, “La Cotera”, de Carlos Cevallos y socios; “Nuestra Señora del Carmen”, de Ramón y Manuel Salazar; la negociación minera “San Martín”, de Rafael Ortiz y Pascual Hinojosa; propiedades mineras con la razón social “José María Ortiz y Hermanos”, las minas “Santa Ana”, “Las Lamas” y “La Purísima”, de Bartolomé R. Salido. Asimismo, en Chihuahua, la mina “Huruapa”, de Martín Salido e hijos, y la negociación minera de “Palmarejo”, de Justina Almada de Urrea y su cuñado Joaquín Urrea (Archivos Notariales del Estado de Sonora, diversos protocolos notariales del período 1880-1890).
Aunado a la crisis de producción de la minería y la depreciación de la plata a nivel mundial, hubo otros factores que afectaron gravemente a la economía alamense: la marginación que sufrió con la instalación del ferrocarril que enlazó Sonora con Arizona, exclusivamente de Guaymas a Nogales, considerado el primer ferrocarril del noroeste mexicano y fue construido en 1882 por la Compañía Atchison Topeka and Santa Fe y, posteriormente, cuando a Navojoa en 1907 se le dio la bienvenida a la modernidad con la continuación del tramo ferroviario, esta vez por la Compañía Southern Pacific Railroad.
Fue así como hacendados, comerciantes y ex propietarios de minas de Álamos decidieron invertir sus capitales en el promisorio Valle del Mayo y explotar sus ricas tierras con cultivos que resultaban negocios más lucrativos y seguros que la minería, con el garbanzo como su principal carta de presentación.
La consecuencia: un incremento demográfico del municipio de Navojoa que se cuenta entre los más altos del Porfiriato, pues pasó de mil 334 habitantes en 1884 a 10 mil 882 en 1910 (Héctor Aguilar Camín, “La Frontera Nómada: Sonora y la Revolución Mexicana”, 1977).

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