La gringa

La gringa

Por: María Refugio Avilés Duarte

La tarde era otoñal. El calor agobiante del erano había quedado atrás para dar lugar a un clima agradable, y disfrutábamos de un vientecito acariciador. yo regresaba de la escuela, junto con mi hermana y otros niños que vivían por el mismo rumbo. Todas las tardes nos veníamos juntos, entre risas y gritos, jugando al trenecito, poniendo las manos en los hombros del que estaba adelante. Así íbamos por la calle princial de San Ignacio, que da al panteón y lleva a Navojoa.
A veces nos asomábamos a las casas a curiosear o nos íbamos a esperar el paso del tren, que transportaba las hortalizas desde Huatabampo hasta el norte. Nunca faltaba alguien que, “aunque le doliera el codo”, se desprendía de una moneda para poenrla en los rieles, y así comprobar asombrados, una vez más, como esta quedaba totalmente extendida, cuando el tren pasaba sobre ella. Avanzábamos y la fila se hacía más corta a medida que los niños iban llegando a sus casas.
Eran los años cincuenta. No había luz eléctrica en San Ignacio, y la calle por la que íbamos y veníamos a la escuela estaba sin pavimentar aún (hoy es la única que lo está; aunque desde hace muchos años en los informes de gobierno aparecía pavimentada, lo hicieron recientemente).
Andábamos descalzos. A mí me gustaba el contacto de la tierra suelta con mis pies. Nunca pensaba que me ensuciaba. En mi mente no existía tal preocupación y me sentaba muy tranquila a jugar en el suelo.
Disfrutaba mucho ir a la escuela, desde temprano por la mañana cuando esperaba a que mi prima Manuelita llegara de La Loma, la parte alta de San Ignacio -entonces me parecía lejísimos-. Cuando, con el sol a sus espaldas, asomaba su sombrilla, sabía que enseguida aparecería ella, con su belicito amarillo y pronto llegaría a mi casa. Estábamos en el mismo salón y nos íbamos juntas. Éramos como hermanas.
Me gustaban mucho las clases. Me gustaba el recreo, me gustaba volver en la tarde y me gustaba la hora de la salida, cuando nos veníamos todos juntos. Éramos como una sola familia. El pueblo era chico y todos nos conocíamos.
Entre la bola estaba “la Gringa”, una niña de unos seis o siete años. Yo era de las grandes, tenía unos ocho. Un día, ella venía jugando con mi hermana, que era de su misma edad. Creo que era la única en su familia de piel clara, más bien pálida. Tenía pecas, ojos rasgados, y cabello rubio y opaco. Esto último no sé si por falta de nutrientes o porque no usábamos shampoo ni ninguna de esas cosas. Era de complexión delgada, igual que todos nosotros. En ese tiempo, en San Ignacio solo había dos o tres niños “gordos”, es decir, no tan flacos.
Ella vivía en La Loma; mi hermana y yo, en La Laguna. a la altura de la calle en que veníamos, ya quedábamos pocos. La mayoría había llegado antes a su casa. De pronto, mi hermana le preguntó:
-Gringa, ¿eres gringa?
La Gringa, sin dejar su trote, le respondió:
-Six.
-¿Y sabes hablar inglés?
-Six- contestó la Gringa, con mucho aplomo.
Mi hermana, no muy convencida, le dijo:
-A ver, di frijol.
Y la Gringa, sin inmutarse, se le puso enfrente y le respondió:
-Frijolais.
Al escuchar su respuesta, nos quedamos sorprendidas. Aunque la intuición me decía que eso no era inglés, me quedé callada y mi hermana también.
Su seguridad nos dejó sin palabras, y ni a mí se me ocurrió preguntarle más cosas. Ella siguió como si nada, tan campante como siempre.
¿Sería que ella creía realmente que así se hablaba el inglés? ¿O simplemente no se quiso quedar callada?
Después de la primaria, dejé de verla. No la conocí de adulta, pero me enteré de su matrimonio. El verano pasado, llegué a la casa de mi hermano en Ciudad Obregón y no lo encontré. Él había ido a un funeral. Después supe que era ella quien había fallecido.
Cuando recuerdo ese episodio, se me viene a la mente la imagen de la Gringa, muy segura de sí misma, con su cola de caballo moviéndose para todos lados, jugando y saltando entre el sol de la tarde y el polvo de la calle, y diciendo en su peculiar inglés: “six”, “frijolais”.
Que yo sepa, la Gringa, nunca aprendió inglés ni fue a Estados Unidos. Tal vez ella nunca recordó ese episodio.
Y ahora yo me pregunto, ¿por qué se me grabó a mí esta anécdota? Tal vez porque me impresionó la imagen fresca y divertida de la Gringa, su desenvoltura y su atrevimiento.

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