La caja de los monitos

La caja de los monitos

Por: Blanca Rosa López Martínez

Siempre fui mala para los números, al grado de que durante la mayor parte del tiempo, solo me sabía el número de teléfono de mi vecina y el de una prima y, cuando había que saber cuál era el mío, llamaba a una de las dos. Como maestra de Historia de México aprendí que si hay necesidad de memorizar na fecha histórica, hay que asociarla con algún hecho personal. De ahí que jamás olvidé la extensión del territorio nacional, porque iniciaba con mi año de nacimiento (1958) y solo tuve que memorizar “doscientos uno” para recordar un millón novecientos cincuenta y ocho mil doscientos un kilómetros cuadrados.
Esta reflexión viene por el hecho de que algunas de mis anécdotas están asociadas con el nacimiento de mis hermanos. El viaje de mamá a Hermosillo a parir a Irene, coincidió con mi salida del pueblo para estudiar secundaria. Llegué por primera vez a Hermosillo, el veintidós de agosto de mil novecientos setenta. Al siguiente día, mi padre y yo abordamos un autobús rumbo a Navojoa, y posteriormente, otro que nos llevaría a Bacobampo, nuestro destino final.
Llegamos a media tarde. Luego de los saludos y presentaciones de mis primos, mi tío Jesús dijo a Águeda:
-Lleva a tu prima a ver la televisión.
No recuerdo si tenía información de ese adelanto tecnológico; pero de ser así, debió haber sido mínima, porque prácticamente entré en shock cuando aparecieron las primeras imágenes en el televisor. Entramos a la estancia y en ella solo había un juego de sala de tres piezas y un mueble de cuatro patas delgadas, que reinaba en una de las paredes. conectado a la corriente eléctrica y con una antena bastante grande. Mis primos, Martín y Juan, entraron con nosotras. Ellos y yo nos acomodamos en los sofás mientras Águeda encendía el aparato.
La señal de televisión llegaba de Navojoa y era muy mala. Después de maniobrar un poco con la antena para disminuir las grageas plateadas que se adueñaron de toda la pantalla, aparecieron unos monitos que más tarde supe que eran Los Picapiedras. En ese momento me emboté, aislándome de todo y me concentré en el movimiento de aquellos diminutos personajes que, algunos con voces atipladas y otros con voz ronca, iban y venían sin dejar de hablar.
Mi mente no daba crédito a lo que veía y escuchaba, y por más que lo intenté, no pude explicarme cómo aquellos “monitos” se movían y hablaban dentro de aquel mueble de cuatro patas. Pongo entre comillas la palabra monitos porque a mis once años desconocía la palabra “caricaturas” y cuando leía las historietas de “El zorro y el cuervo”, de Memín Pingüín o de Archi, así les decíamos, monitos.
No sé si la transmisión del programa de ese mi primer día frente a la tele, fue maratónica o a mí se me figuró, pero de esa tarde-noche no recuerdo más que a Pedro, Pablo, Vilma y Bethy.
Al siguiente día mi padre regreso a Hermosillo y un día más tuve que enfrentarme a otro adelanto tecnológico que me hizo temblar, sudar y quedarme sin voz. El teléfono. Mi padre llamó a la caseta de la Comisaría, para decirme que ya tenía otra hermana. Mi tío habló con él y luego me pasó aquel aparato que al ponerlo en mi oreja me dejó catatónica, como lo había hecho, dos días antes, la televisión.
Cuando vi a mi nieto de dos años diciendo adiós con su manita a través del teléfono, supuse que yo debí haber estado igual; pero a mis once años, porque no pude articular palabra mientras mi padre me hablaba a la distancia.
Hoy, mi nieto tiene tres años y ya es dueño de un iPod donde colorea dibujos de Dora y Diego, arma rompecabezas y juega cartas de memoria; si no es que se entretiene picando cada ícono que se muestra en la pantalla, descubriendo nuevos juegos. De los cuales, cuando me pregunta, respondo que “no sé cómo se juegan”, y entonces él pone su manita en la frente con sus dedos índice y pulgar extendidos, para señalarme que soy “lúcer”.

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