Hoy les comparto una parte de un artículo de Jorge Carrión en el New York Times que espero les haga reflexionar.

“Estamos viviendo una revo­lución industrial de la atención”, afirma Dereck Thompson en Creadores de hits. Cómo triunfar en la era de la distracción. “Las plataformas se siguen expan­diendo por la economía y la com­petencia las lleva a encerrarse en sí mismas cada vez más”, conclu­ye Nick Srnicek en Capitalismo de plataformas.

“La nuestra es una época, en efecto, de guerra entre platafor­mas tecnológicas que compiten salvajemente por captar nues­tra mirada y nuestro tiempo. Y todas ellas lo hacen a través de la construcción de universos casi autónomos que persiguen el ca­pital de nuestros gustos y nues­tro ocio. Por eso es extraño que “plataforma”, una de las pala­bras clave de nuestro presente, no acostumbre a ir acompañada del adjetivo que en muchos ca­sos le corresponde: cultural.

“En el contexto de una econo­mía global en que la logística y el reciclaje se han convertido en negocios multimillonarios, tiene sentido que los grandes interme­diarios de la cultura también se hayan transformado en agentes económicos principales, no por casualidad Amazon comenzó vendiendo libros. Spotify, YouTu­be, Vimeo, Netflix, HBO, Ama­zon, SoundCloud, iTunes, App Store, Filmin o Storytel son algu­nas de las grandes marcas cultu­rales de nuestra época. Algunas de ellas tienen incluso el poder de incipientes mitos.

“Su influencia en nuestros modos de consumo cultural está siendo superlativa. Aunque se articulen como archivos de ar­chivos (de canciones, podcasts, discos, videos, películas, series, libros o audiolibros) su impacto va mucho más allá de la posible producción y de la decisiva distri­bución. Han ido imponiendo nue­vos mecanismos de lectura, como el canal, la lista de reproducción, la app, las recomendaciones, el play automático del siguiente capítulo, la superproducción ci­nematográfica que no se estrena en cines o el lanzamiento de toda una temporada de una serie (eli­minando de paso su serialidad).

“Se han convertido en autén­ticas estructuras curatoriales, administradas por inteligencias colectivas, tanto humanas como matemáticas. Como explica Mi­chael Bhaskar en Curaduría. El poder de la selección en un mun­do de excesos, las plataformas di­gitales compiten con el museo y la biblioteca como nuevas institu­ciones de la memoria y la circula­ción de la información y del arte. Y nos conminan a pensar nuevos modos de prescripción.

“Y de crítica cultural, por tanto. En los cinco siglos de la Galaxia Gutenberg el autor y la obra han estado en el centro de la interpre­tación. Las plataformas, con su acumulación de objetos cultura­les, amplían brutalmente el foco. Si deseamos entenderlas en su complejidad es necesario despla­zar y amplificar la mirada, para tratar de adivinar las relaciones que trazan esos ojos panópticos que procesan millones de datos tanto de los propios textos como, sobre todo, de las experiencias de recepción.

“Eso es lo que se propone La búsqueda del algoritmo. Imagi­nación en la era de la informá­tica, de Ed Finn, un necesario e interesantísimo primer esbozo de una futura lectura algorít­mica de la realidad digital, con la convicción de que “los algorit­mos invocan simultáneamente espacios computacionales, mito­lógicos y culturales”. Porque es inútil interpretar Google Libros o a YouTube como una nueva ver­sión de la idea de biblioteca, si no penetramos a la vez en la psico­logía de sus curadores o archive­ros, que son complejas fórmulas matemáticas que conectan el có­digo con las humanidades, el arte y el entretenimiento.

“Leer Netflix como una serie de algoritmos, interfaces y discursos resulta mucho más instructivo para comprender su papel como máquina cultural que leer los productos culturales producidos por el sistema”, afirma Finn.

“Su propuesta, novedosa y muy pertinente, conecta con la lectura distante o la Literatu­ra en el laboratorio de Franco Moretti y sus equipos: tenemos que pensar menos en los objetos culturales concretos y más en los sistemas complejos en que se insertan; analizar menos a través de la calidad que decidi­mos a través del gusto “esa co­dificación sociocultural” y más a través de la cantidad y de las relaciones de toda índole que explican el aparente caos de los grandes bancos de datos y de las plataformas “arquitecturas dibujadas en código”.

“¿Cómo ha cambiado esa nue­va realidad nuestras formas de lectura y de ordenación de esas lecturas? A juzgar por la prensa, no ha habido cambio. Los su­plementos culturales continúan proyectando la ilusión de que los libros en papel siguen siendo autónomos y centrales, mientras que dedican un espacio secunda­rio, a menudo residual, al arte, la música, el teatro y otros lengua­jes artísticos”.