Por: Gerardo Armenta

Los diputados del PAN en el Congreso local acordaron sujetarse a un plan de austeridad a lo largo del recién inaugurado segundo periodo ordinario de sesiones. Su idea radica en no beneficiarse de significativos privilegios económicos a los que tienen derecho (¡qué cosas!) sólo por pertenecer al Poder Legislativo. Y, claro, por ser representantes populares de primer orden, dicho sea sin ironía o sarcasmo.
En lo esencial, la idea de los legisladores blanquiazules radica en la saludable intención de colaborar para que exista un ahorro en el ámbito de trabajo al que pertenecen. Con ese propósito dispusieron renunciar a prerrogativas como las siguientes: Seguro de vida, gasolina, viáticos, comidas, boletos de avión, pago de hotel y renta de carros. Con sobrada ingenuidad política, cabría preguntar: ¿Y a todo eso tienen derecho los diputados locales sonorenses en general?

Pues sí. ¿Hay algún problema con eso?, preguntaría alguien. No uno, sino varios, podría ser la respuesta. Y es que no en balde prestaciones como las enlistadas se antojan más bien privilegios imperiales, lejos, prácticamente hablando, de toda noción republicana. Quizá, empero, no deba existir motivo para el asombro o el reproche.

De hecho, siempre se ha sabido que figurar como representante popular es una de las mejores chambas que hayan podido imaginar quienes inventaron la política a la mexicana. Es así porque en realidad se trata de muy poco quehacer y muchos beneficios personales en términos económicos. Sin embargo, por lo visto no es tanto que existan prerrogativas económicas como las descritas para los diputados locales, sino el hecho de que sus beneficiarios (o algunos de ellos) asuman no recibirlas no tanto con la mira de robustecer un plan de austeridad legislativa.

Parecería, sin embargo, que ese dichoso plan sólo tendrá la participación de los diputados locales panistas. ¿Y los demás legisladores que tienen asiento en el Congreso sonorense? La pregunta tiene sentido. Pero también procedería una más con especial dedicatoria para los legisladores panistas. Es la que sigue: ¿Qué pretenden realmente con la decisión que han adoptado?

No es creíble que les anime la intención de figurar como auténticos samaritanos ante los ojos de los electores sonorenses, por más que, lo que sea de cada quien, no deje de llamar la atención el significado de la renuncia a los beneficios económicos que conlleva el quehacer de los diputados locales. Acaso resulte preciso recordar que el PAN en Sonora es otro de los partidos que prácticamente se encuentra en la lona político-electoral.

En tal condición es obvio que requiere buscar la manera de recobrar la gracia o la simpatía ciudadana que, por ejemplo, tuvo consigo en el tiempo del gobierno encabezado por Guillermo Padrés Elías, personaje hoy tan de moda una vez más por razones harto conocidas. Pero es obvio que el PAN y sus diputados locales necesitarán algo más que renunciar a privilegios legislativos para lograr que la ciudadanía vuelva a confiar en los postulados blanquiazules. Así están las cosas.

Mientras tanto, en el PRD también parecería que andan en busca de algo. Por ello es que ese partido tiene ya nuevos estatutos. En este mismo contexto asumirá también la renovación de su padrón de afiliados. ¿Y todo para qué? La finalidad estriba en aumentar el número de votos perredistas en al menos dos dígitos más. Así lo dijeron recientemente en Hermosillo dos integrantes del mando nacional perredista.

De esta forma quedó en claro que el padrón del PRD está formado por siete millones y medio de militantes. Allí, empero, debe haber muchos fantasmas. Porque en la última elección no se vieron para nada esos millones de perredistas. De aquí surgió la necesidad de elaborar un nuevo padrón partidista con ayuda del Instituto Nacional Electoral y con el propósito de reforzar la confianza de sus partidarios. Pero ni así.

En el PRD no deberían quebrarse la cabeza con ideas o planes de sobrevivencia. Los hechos que le son propios se antojan más que claros. Los militantes de ese partido han resuelto migrar a otro que se le parece, aunque no es igual. El principal problema perredista se llama Morena. Propios y extraños lo asumen de esa manera. Porque no hay otra manera de hacerlo. Para qué buscarle ruido al chicharrón.

Como se entiende, el PRD llegó al límite orgánico en el que tendrá que definirse si vive o desaparece. Seguramente sin ese dramatismo de telenovela, el PAN y el PRI igualmente tendrían que empezar a redefinir el destino que desearían les aguarde. Porque el tiempo pasa con rapidez.