Estampas inolvidables… Tiempo de tepocates

Estampas inolvidables… Tiempo de tepocates

Por: David Cibrián Santacruz

Por efectos del cambio climático, muchas cosas nada frecuentes sucedían. Así como se alborotaban los camarones que buscaban un lugar más fresco, también aparecían en la playa las crías de los sapos… pero vayamos por partes.
Cuando las aguas del río bajaban lo máximo, se marcaban dos estanques. Uno quedaba en torno de la piedra llamada del embarcadero, y otro en la bajada de Apolonio Márquez. Ahí, llegado el mes de abril, el agua se ponía caliente y producía lama verde, de hilos resistentes que semejaban malla de rebozo. No era café como aquella que corría libre. Encima… en la superficie de aquella agua caliente, aparecía por esos días de abril, una capa transparente, semejante a la clara de los huevos pero extendida por toda la orilla de los estanques.
A los dos o tres días, a esa capa se le marcaban pequeños puntos negros de crecimiento rápido. Pasados diez o quince días, desaparecía la capa transparente, y los puntos negros ya desarrollados, se echaban a nadar valiéndose de una larga cola que movían cual diminutos cocodrilos.
La mancha negra que formaban los cientos de animalitos, llamaba la atención. Los niños principalmente, incapaces de esconder la capacidad de admiración, se plantaban en la orilla del estanque escogido, y después de observar los extraños pececillos negros, echaban mano de una vara pequeña o de una rama, para arrearlos pacientemente por toda la orilla hacia ningún lado. Otros niños, de mayor edad y alcance, hacían de maestros para los más pequeños.
“No nacen nada -decían-” son saos chiquitos”. Después, con la seguridad que les daba el conocimiento empírico, caminaban sobre la malla, se inclinaban y… metiendo las dos manos, sacaban un puñado de animalitos. “Son tepocates -explicaban-; no hacen nada”.
Aquellos animalitos que aparecían cual pringas negras en la malla transparente, que luego se volvían cocodrilitos, crecían al tamaño de un centímetro y perdían la cola y el color negro de su vida tepocata. Cuando los pequeños llegaban a visita un día cualquiera, ya no los encontraban… “Se fueron… se fueron”- se decían luego unos a otros, ignorando la metamorfosis de los renacuajos.
Mientras los camarones mexcaltecos huían del agua caliente, dejando las riberas pedregosas, los tepocates, ya sin cola y sin el color negro, dejaban los estanques y se protegian debajo de las piedras de la playa. Hasta allá iban los “maestros” voluntarios, para enseñar a los niños más pequeños el nuevo hogar de los tepocates y la transformación sufrida. “Ya no son tepocates -explicaban-; ahora son sapitos… pero tampoco hacen nada”.
Los pequeños renacuajos, crecían ahí debajo de las piedras y salían a divertirse en el arenal de la playa o entre las pequeñas rocas, haciendo un espectáculo que mucho se parecía al de los camarones mexcaltecos cuando saltaban.
Cuando el calor subía demasiado, el río subía poco a poco, bañaba de agua transparente la playa, se avivaban las plantas de epazote y de sauces… y los niños investigadoers volvían a su quehacer contemplativo, para preguntarse “qué sucedía”.
En el año 2010 tuve oportunidad de visitar la playa y el estanque único del embarcadero, y encontré que siendo enero apenas, la metamorfosis iba ya en el proceso de sapitos escondidos debajo de las piedras… es decir, el proceso de vida para estos animales, ya estaba modificado. Para el año 2012, el pedregal de la playa había sepultado los dos estanques y las piedras enormes que desde siempre fueron llamadas Piedra Gorda y Embarcadero.

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