Estampas inolvidables… Los pescadores (2)

Por: David Cibrián Santacruz

Al tocar la superficie, el bombillo buscó el fondo pero quedó suspendido durante unos segundos que duraron un suspiro, a una profundidad de veinte centímetros.. y estalló.
-¡Ya está!- les oí decir-.
El hongo de agua se había elevado hasta los pies del dinamitero. Un pez, ya muerto seguramente, había alcanzado la misma altura… la lluvia artificial había simulado al caer, la llegada de un chubasco… los pescadores que habían esperado el momento de levantar el producto, se lanzaron al agua. Mientras algunos pescados partidos por la mitad no sabían que estan muertos, otros nadaban de lado y temblando cual si padecieran una fiebre muy alta… la mayoría de los animales simplemente flotaban, pintando de blanco la superficie del agua.
En tanto que ellos recogían y tiraban animales con desesperación hacia la orilla, yo amontonaba y cuidaba de que no rodaran al agua. La mancha de peces que había desaparecido con el trueno, se componía de lisas y robalos; los animales más grandes medían sesenta centímetros, los más chicos apenas alcazaban los veinte…
Alguna vez había mirado a Beto Montellanos en plan de pescador; qué diferente era la sensación de espera. Tal vez por su altura yo le hallaba parecido con las garzas. Se estaba quieto, donde el agua le bañaba más arriba de las rodillas. Su carrizo se extendía y permanecía bajo la superficie como una rama cualquiera… pero allá en el extremo tenía un arpón. Beto, como el que no queire echar basura, de cuando en cuando lanzaba una vaina de Jarretadera, una teja de jabón, algún camarón, una lombriz… lo más relevante de su estilo de pesca era la quietud que guardaba; también que buscaba los sitios menos explorados por la competencia.
Una vez que caía la tarde, pasaba con rumbo a su casa, luciendo en la espalda un bagre de más de medio metro o un robalo igual de grande.
A los que más frecuentemente se miraba en los estanques del río, usaban arpón de pistola y visor. La lista de estos pescadores nunca fue estable, debido a que llegado el momento se fueron haciendo “norteños” y le dejaron el campo a las nuevas generaciones. Pero, de los que aquí podemos recordar, están: Everardo Firman, quien prefería buscar en las cuevas de los paredones, que era donde se escondían los cauques; siguen Carlos Firman (su hermano), Agustín Dueñas, Elías del Hoyo, José Santacruz y Mario Alcalá, quien fue testigo de los efectos terribles que causó el cianuro en la fauna acuática de nuestro río San Pedro.
Entre lo más peligroso en la pesca de aficionados, está la dinamita. Y si bien es cierto que esos pescadores no se iban sólo en dicha aventura, el riesgo mayor corría el hombre que prendía la mecha y echaba el trueno. Basta recordar el triste caso del señor Santana Carrillo, a quien la dinamita le tronó en las manos, obligándolo a usar aparatos ortopédicos para el resto de su vida.
Muy en el lado opuesto de los buenos pescadores, tenemos a David Cibrián. Él jamás pasó de ser camaronero y anzuelero de ramada. Así es como descubrió qe los camarones corrían solos para esconderse en la cueva que les hacía con la mano derecha, y que los avomos que pescaba con el anzuelo, se formaban disciplinados, para pelearse la trampa antes de que llegara al fondo del agua.
Los Pirules, el estanque de La Piedra gorda, loa desembocadura del arroyo del capomal, el estanque llamado “Los veranos”, las corrientes donde se buscaban cauques y camarones… eran los sitios preferidos de los diferentes pescadores.

Dejar un Comentario