Elefante blanco  y regidor étnico

Elefante blanco y regidor étnico

Con los pleitos de los últimos años entre los ocho pueblos yaquis, una obra monumental instalada en las inmediaciones de Loma de Guamúchil, la del danzante, se ha convertido en un elefante blanco.
Cuando en el gobierno de Guillermo Padrés Elías se concibió ese proyecto para calmar los ánimos de la Tribu Yaqui ante la construcción del acueducto Independencia, la escultura de 33 metros fue rechazada por buena parte de los indígenas.

Construida con bronce sintético, la efigie tuvo un costo de unos 100 millones de pesos, pero los costos sociales han sido más grandes porque no solamente fue parte de la corrupción del sexenio pasado sino que dividió enormemente a los yaquis.

Se suponía que el parador turístico donde el monumento fue colocado serviría para que los visitantes conocieran de cerca lo majestuoso de la historia de una tribu indómita que con el paso del tiempo ha sido conquistada, más por los brillos del dinero que por guerra alguna.

Ni siquiera la barbarie del destierro pudo vencer a la etnia, mientras que hoy, con todo y los indígenas mejor preparados con que se cuenta, ha sucumbido ante las dulces palabras de los políticos a los oídos de quienes se supone están para defender a su gente.

El sitio de esta obra realizada por el escultor sonorense Marlon Balderrama Monge se encuentra hoy sin una aparente ocupación. Los lugares en los que se presume estarían los yaquis contando la historia de sus ancestros y con vendimias de sus artesanías, están desocupados, a merced de los vándalos.

Desde el gobierno del Estado nadie se ha atrevido a llegar para inaugurar formalmente el parador turístico, pues saben bien que desde esa instancia, sexenio tras sexenio, se ha alentado el encono y la división entre hermanos.

Temen al descontento de los pueblos si entregan el lugar a un solo grupo, el que ha estado muy cercano a la Secretaría de Gobierno, y por ello prefieren mantenerlo como un gran elefante blanco.

Hoy también vuelve a avivarse el divisionismo con el coqueteo que integrantes de la nueva administración municipal han tenido con el grupo que con violencia se apoderó hace unos años de la Comunila de Cócorit, con sede en Loma de Guamúchil, pero que no tienen la vara de mando original que solamente usan las autoridades tradicionales.

Sergio Pablo Mariscal Alvarado comete un gran error al entablar diálogo con una minoría, encabezada por los hermanos Cota Tórtola, que solamente se ha sostenido porque el gobierno estatal y el de Cajeme le han brindado el apoyo hasta para usar gente “malilla” para seguir entronizados.

El miércoles pasado, personas allegadas al alcalde electo fueron vistos en Loma de Guamúchil y eso bastó para enardecer los ánimos.

Si realmente quieren cambios en la forma de gobernar, deberían los “morenos” empezar por dejar atrás los métodos de los gobiernos priistas para imponer al regidor étnico.

Ya lo hicieron Rogelio Díaz Brown y Faustino Félix Chávez: impusieron a un regidor afín a sus intereses.

Es tiempo ya de que prevalezcan los intereses de los yaquis.

¿O todavía no da para tanto la democracia?

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