El encuentro de mayos y jesuitas

El mundo mágico de los mayos se vio trastocado desde el primer encuentro con la cultura española. Esto queda de manifiesto en el documento que describe ese momento histórico, escrito por el fraile Antonio Tello el 24 de septiembre de 1533. Entre los colonizadores se encontraban frailes, sacerdotes y misioneros.
El mensaje de los religiosos españoles era que los hechiceros y curanderos mayos no les iban a resolver sus problemas y que debían dejar esas prácticas que los alejaban de Dios. Asimismo, hubo dos imágenes que utilizaron para su conversión, la Cruz y la Virgen María. Esto fue llevado a cabo durante varias décadas por los misioneros jesuitas que también utilizaban nombres de santos al fundar pueblos y referirse a sitios estratégicos como: Estero de la Cruz, Santa Cruz del Mayo, Partido de la Natividad de Nuestra Señora de Navojohoua, Misión de Santa María de Navojohua, Santa Bárbara, Villa de San Felipe y Santiago (Sinaloa), etc.
Aunque los jesuitas siempre tuvieron fama de educadores, la misión de ellos no era enseñar a leer y escribir a la población indígena sino adoctrinarlos en la religión católica. Como se menciona en varios documentos sobre estos misioneros en Sonora lo que les enseñaban era a trabajar para ellos, sembrar las plantas como se hacía en Europa y, por supuesto, educarlos en el catecismo y obedecer y respetar a los colonizadores.
Mención especial merece la cita que encontramos en el tomo I del libro “Sonora: Apuntes para la Historia de la Educación” Memoria del XI Simposio de Historia (realizado del 23 al 28 de noviembre de 1998), publicado por la Sociedad Sonorense de Historia, A. C. “… el Rectorado de San Ignacio con cabecera en el pueblo de Navojoa.
Se anexaron a éste los pueblos de Movas, San Ignacio de Ónavas, San Joaquín y Santa Ana de Nuri fundados por el P. Diego de Vaderizpe en 1622. Se estableció poco a poco en la cabecera (Navojoa) un pequeño seminario para indígenas…”.
Así, se establecieron escuelas en diferentes lugares de Sonora: Las de Ures y Aconchi que sólo duraron un año, la de Navojoa para niños mayos, en Rahum para yaquis y en Mátape para ópatas. En estas escuelas sólo se enseñaba a los niños la doctrina cristiana, a cantar y a ayudar al cura en la misa.
Como escribió Ignacio Lagarda Lagarda en su monografía La expulsión de los Misioneros Jesuitas: “…además de la religión, enseñaron a los indígenas el arte de la agricultura y trajeron de España nuevas variedades de cereales y frutas, implementos y técnicas de labranza. Por otra parte, surtían de productos alimenticios e industriales como ganado, granos y cebos para las velas, a las minas, presidios y pueblos habitados por los colonos españoles”.
Todas estas actividades les generaron grandes ganancias y poder a lo largo de más de 150 años en estas tierras del noroeste del país y provocó envidias y recelo por parte de los jerarcas de la Iglesia católica y del rey de España quien firmó el 27 de febrero de 1767 el decreto de expulsión de las provincias jesuitas españolas: Castilla, Aragón, Andalucía, Toledo, México, Nuevo Reino de Granada, Quito, Perú, Chile, Paraguay y Cerdeña.
Indudablemente, la presencia de los jesuitas marcó el rumbo social, religioso, político y económico en la región del Mayo y noroeste del país. Después de su expulsión ocurrieron grandes cambios. Los nuevos religiosos, principalmente franciscanos, no opusieron la misma resistencia al control y dominio sobre los indígenas por parte de los grupos oligárquicos regionales.
Quizá, como afirmó el arqueólogo e historiador Julio Montané Martí (fallecido en Hermosillo, Sonora en 2013): “El peor enemigo de una orden religiosa, es otra orden religiosa”.

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