Desfile de limpieza

En los próximos días se celebrará el llamado Desfile Navideño.

Es bueno que con este tipo de activi­dades se le haga sentir a los ciudada­nos el calorcito que, con todo y estar casi en in­vierno, se siente a causa de estas celebraciones.

A lo largo del recorrido, la gente se pelea el mejor lugar para ver pasar a los protagonistas de los carros alegóricos y se siente un ánimo diferente en cada uno de los asistentes, desde los más chicos a los más grandes.

Es, pues, una oportunidad para la convivencia civilizada y solidaria.

Pero es también una coyuntura para la auto­crítica.

Veamos por qué:

Generalmente como ciudadanos culpamos a las autoridades de tener una ciudad sucia, gre­ñuda, como dijo en su momento el ex gobernador Samuel Ocaña García.

En las casas, en las oficinas o en la calle, criticamos la “indolencia” del gobierno por no trabajar en la limpieza de la comunidad, pues “para eso pagamos impuestos”.

Somos férreos en la acusación, pero sin mirar­nos al espejo pues resulta que no es la goberna­dora o el presidente municipal el que pasó por las calles y tiró un papel aquí, una botella de plástico allá o una bolsa de basura en el terreno baldío.

Hemos sido nosotros o nuestros hijos los que poco a poco hemos ensuciado la ciudad al creer que arrojar nuestros desperdicios “no se nota”, pero si así piensa cada ciudadano, pues ya se vuelve una montaña de basura.

Y el desfile navideño puede ser todo lo emotivo y bonito que usted desee, pero lo negativo es que cuando concluye, las decenas de familias que acudieron a contemplarlo, dejaron una gran can­tidad de papeles, botellas y todo tipo de inmun­dicia en la calle.

Eso ha pasado año tras año y, si no nos ponemos las pilas, puede pasar en el que viene. Ayer, las autoridades municipales iniciaron un esfuerzo para tener limpia la ciudad y aunque no convocaron con amplitud a los ciudadanos a sumarse plenamente a las tareas, desde aquí podemos lanzar el reto de ser ejemplos de limpieza durante el desfile navideño y en la vida cotidiana.

Es derecho de todos acudir a ese evento de lujo, pero es también nuestra responsabilidad el mantener limpio el espacio donde estaremos presenciando el paso de los contingentes.

Nada complicado ha de ser el tomar una pequeña bolsa de nuestras casas y llevarla para depositar ahí la basura que se produce a la hora de satisfacer nuestro paladar con una golosina o un alimento.

Si cada asistente, o la gran mayoría, evita tirar los sobrantes, estaremos del otro lado. Hay que iniciar de alguna manera a consolidar la cultura de la limpieza que poco a poco hemos perdido y de lo cual, sin autocrítica de por me­dio, hemos culpado al gobierno.

Un ejemplo: ¿ya barriste hoy el frente de tu casa o estás esperando que el alcalde o el secre­tario de Servicios Públicos llegue a hacerlo?

El granito de arena con que hoy puedas con­tribuir, mañana será lo suficiente para volver a llamar a Ciudad Obregón “la ciudad más limpia del noroeste”.

¿Le entramos al reto?

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