Cajeme de mis recuerdos… En ese pueblo de Ixtlán

Cajeme de mis recuerdos… En ese pueblo de Ixtlán

Por: Rogelio Arenas Castro

La mujer que yo quiero
me ató a su yunta
para sembrar la tierra
de punta a punta

Sabes Isabel, cuando por primera vez en aquel lejano mayo de 1963 me sentí hombre importante, capaz de acometer las más arduas tareas y triunfos en el empeño, estaba poniendo los cimientos, sin saberlo, de una sociedad que afortunadamente, con sus ltas y sus bajas, todavía, a 35 años de distancia, funciona y nosotros, tú y yo, los fundadores de aquella empresa, seguimos al frente de ella.
Si te digo que me sentía capaz de todo, y tanto que sin pensarlo mucho emprendí aquel viaje que cambiaría mi destino y el tuyo al fundirnos en uno solo.
Todo pasó tan rápido, la plática con la inolvidable mamá Juanita y el tío Carmen, las miradas desconfiadas de Pancho, el mayor de tus hermanos, y claro las preguntas de los más pequeños: ¿quién es? ¿a qué vino? ¿es cierto que se va a casar la Chabela? Y así, todo se fue hilando en aquel pueblecito inolvidable: Ixtlán del Río, Nayarit.
Luego casi enseguida, la Epístola de Melchor Ocampo, leída por don Pedro Márquez Carrillo aquí en Cajeme, con la familia Cervantes Morales (tu otra familia) con la compañía de mis inolvidables viejos y las travesuras de Juanito, el ahora Juacer; de Martha, el Álvaro, el Quique y demás prole de esas buenas gentes don Juan y Rogelia.
Cumplido el compromiso legal con el Estado, el consabido receso de casi tres meses para llegar a aquel lluvioso viernes 27 de septiembre de 1963 en que, en la vieja iglesia de tu pueblo sellaríamos ante la religión católica (tan tuya de siempre) el compromiso contraído por ambos.
Un día antes, la visita con aquel anciano y bondadoso sacerdote que me dijo los pasos a seguir otro día, fijar la hora de la ceremonia, etc. Nos pusimos de acuerdo; incluso le platiqué que yo nunca me había confesado pues, como hasta ahora, no practico ninguna religión, me la puso tan fácil que e se día 27 a las siete de la mañana ya estaba en compañía de don Juan Cervantes (el padrino) esperando turno para aquella confesión obligatoria del ritual católico.
Mi falta de concoimiento en estos menesteres me hizo meterme al confesionario hasta que oí una voz diciéndome: “Y usted qué hace ahí?.
Me sorprendió al encontrar a un sacerdote; puesto que se suponía que ese día a las doce horas me iba a casar. Grande fue mi sorpresa cuando me dijo que él oficiaría la misa y que yo necesitaba que tú me enseñaras el catecismo para llevar a cabo aquello.
Y ahí voy a tu casa a enterarte, mientras don Juan se botaneaba a mis costillas.
Total, que llegó la hora. Ahí fue la comidilla del día pues escuchaba comentarios como “¡Uh!” qué flaco. No decían que los de Sonora eran broncos y fornidos”, cuando yo apenas daba el peso gallo (54 kilos) en aquellos tiempos. Asi entre aquel gentío que asistió, no por nuestra boda sin por curiosidad para conmigo, sucedió que como era y sigo siendo alérgico a las fiestas, se me ocurrió decirle a aquel sacerdote anciano que me puso tan fácil, él me dijera la hora en que hubiera menos gente en misa y me propuso la del mediodía, pues nadie se había casado a esa hora. No contaba, sin embargo, con que aquel pueblo de raíces cristeras, al oir el repique de las campanas, se aglomeró junto al templo en esa hora tan desusada para ellos.
Luego aquellas primas tuyas de Tepic, que me pasearon como bicho raro por todo el pueblo, luciendo yo aquel traje negro de mi compadre Rosendo y con el cual ya se habían casado algunos “pueblos” como yo.
De ahí, a exhibirme otra vez en el patio de tu casa con el tradicional vals de rigor y tradición en esos menesteres. Ahí me pasó todavía otro detalle; al salirme después del famoso vals y ponerme a platicar con aquel “tío Pifas” que había bajado de la sierra de Jalisco para ese recordado día, me entusiasmó tanto su plática de la guerra cristera en la cual él había participado, que se me pasó el tiempo sin sentir, y cuando quise entrar de vuelta a la casa, me encontré en la puerta a un señor grandote, empistolado que me dijo: “¿A dónde vas? Está muy lleno dentro, y además tú eres desconocido”. Por más que yo adelantaba el cuerpo para que viera el típico pañuelo blanco y el ramito de azahar que muy pomposamente lucía como novio.
Creo que al fin le di lástima y me dejó entrar. “Te tomas una cerveza y te me sales rapidito”, me dijo con mucha suficiencia. ¡Fíjate! Pasarme eso en mi propia boda. En fin, detalles que a esta distancia son recuerdos imborrables. Luego la bendición a la usanza de aquel pueblo, hincados tú y yo, y mamá Juanita presidiendo aquello.
Todo un cúmulo de recuerdos aunado a tu bondad y ternura demostradas en toda una vida; tu abnegación con los nueve apaches que cuando no pelean hacen jaras y que (¿en recompensa?) nos han dado doce nietos ¡ufff! Que dicen alguno que son la felicidad de los abuelos.
Yo creo que las canas y las arrugas que surcan ahora nuestros rostros nos la hemos ganado a pulso, y debemos estar felices de poseerlas.
Posiblemente, y como sigo siendo pueblo, te llevaré a cenar hoy unos tacos en alguna carreta, ya sea con Leobardo, con los Romo, o si acaso un menudo con Evodio el de la Niños Héroes y así festejar estos cincuenta y cinco años a tu lado, no sin antes acompañarte, como todos los años, únicamente ese día, a la iglesia del barrio y, tomados de la mano, musitarte al oído, como aquella noche de octubre de 1962 cuando veníamos de la feria y exposición que había en el viejo estadio “Álvaro Obregón”.
Sabes María Isabel…
¡Te quiero!

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