A SU SALUD… Julia y la vejez

A SU SALUD… Julia y la vejez

Por: Dr. Luis Alberto Villanueva Egan

(Primera de dos partes)

 

 

 

El amanecer se instala majestuoso en ámbar, granate, púrpura y añil, -sangre y sueños-, prorrumpe vertiginoso, al inicio de aliento fresco y húmedo seguido por exhalaciones que pasan de la tibieza sensual al calor abrasador que es y será. El chasquido de las rodillas y la lumbalgia. La armonía que se transforma, igual que cambia el punto de equilibrio. El caminar vacilante, el trastabillar cotidiano. Otra armonía, otro equilibrio. Del otro lado de la cama Mario ronca con la boca abierta, los ojos mirando al cielo y las manos vueltas hacia arriba como durante la imposición de los estigmas, a semejanza de los santos mártires, su figura de por sí espigada tiene apariencia de ser más larga, como si ascendiera. Julia observa sus propias manos delgadas y finas, surcadas por venas verdiazules ingurgitadas, salpicadas de manchas pardas a fuerza del tiempo, cruzadas por una red de arrugas, a veces profundas, a fuerza del tiempo, es el invierno en el cuerpo: las canas, los achaques, las pausas, la inestabilidad, los olvidos, los recuerdos, pero también la enfermedad, el relego y los menoscabos donde se olvidan de los viejos, donde se les arrincona en la añoranza.

 

 

Julia tiene setenta y cuatro años, es diabética desde hace veinte, su visión ha menguado, tiene la presión alta, tiene insomnio, tiene incontinencia urinaria, le dicen que tiene una enfermedad crónica del hígado provocada por los medicamentos que ha tomado, le cuesta trabajo caminar, le duele mucho la pierna derecha, se le hincha hasta la rodilla, tiene várices tortuosas, se cansa, se agita, se marea, es la bola, la bola de años, completa y se ríe mostrando los pocos dientes que le quedan. Cada vez le cuesta más trabajo salir de casa, cada vez es más difícil ir al médico. En el Centro de Salud a veces no tienen los medicamentos y tiene que comprarlos, a veces no les alcanza y se los deja de tomar. Son varias enfermedades, son varios medicamentos y no alcanza. Mario la cuida, él tiene dos años más que ella, él no está enfermo, sólo tiene la cuesta del tiempo, es delgado, corría, ahora camina largos trechos, tuvo prestigio, ahora nadie voltea a verlo, no es más que un recuerdo, un espectro. Están solos. Sus hijos viven lejos, la mayor en el extranjero. Lupe, la menor, es la única que los visita, una vez a la semana, los domingos, comen juntos, platican, se actualizan, por la tarde se marcha con un dejo de culpa que se evapora.

 

 

Desde hace unos meses Mario es quien va al Centro de Salud para que le surtan la receta, en forma terrible le indican que ahí no tienen el medicamento, que vaya al hospital, Mario camina varias calles bajo el rayo de un sol que hiere, llega agitado, sube escaleras, lo reciben con desplantes, aquí no señor, vaya a la otra oficina, aquí tampoco señor, toque esa puerta, espere, espere, espere, ¿quién le dijo que yo le iba a dar la receta?, qué fastidio, dígale que no estoy, dígale que no hay recetas, dígale que lo compre, dígale que suba, dígale que baje, dígale que venga mañana, Julia no duerme. De nuevo la caminata, de nuevo el calor metálico, de nuevo la falta de compasión, de nuevo ser transparente, de nuevo no ser visto, de nuevo no ser oído, día de suerte, tenga la receta, con paso apurado va a la farmacia, no la surten, no tiene la firma original, esta firma que está como facsímil tiene que ser original, tercer día, Julia lo recibe inquieta, no ha dormido, no ha comido, el suplicio de estornudar y mojarse, de reír y mojarse, la desesperación, la soledad, la tristeza.

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