A SU SALUD… El médico húngaro, la fiebre puerperal, el compromiso social y el lavado de manos

Dr. Luis Alberto Villanueva Egan

Durante los siglos XVII y XVIII se registraron múltiples epidemias de fiebre puerperal, también conocida como “la peste negra de las madres”, en diversas ciudades de Europa. La investigación sobre el origen de la fiebre puerperal y la introducción del lavado de manos con una solución antiséptica como la intervención preventiva específica, fue realizada por un médico húngaro: Ignaz Philipp Semmelweis.

 

 

En 1844 Semmelweis ingresó como obstetra en la más avanzada institución médica académica de habla alemana el Hospital General de Viena. Entre sus diversas salas, albergaba dos clínicas de obstetricia: la primera para entrenar a los médicos y la segunda para formar parteras.

 

 

Poco después de haberse incorporado, Semmelweis analizó los registros de mortalidad materna del hospital desde su apertura y se percató de la enorme diferencia en la mortalidad materna entre las dos salas: entre 1841 y 1846, la primera alcanzó el 13-17%, llegando hasta 20-50% durante los periodos de epidemia. En contraste, en la sala atendida por parteras, la mortalidad materna se mantuvo en el 1.5%. De hecho, dar a luz en las calles era más seguro que en la primera sala del prestigioso hospital vienés.

 

 

Después de haber refutado varias hipótesis, Semmelweis estableció una sobre la relación entre la práctica de autopsias en el hospital y la incidencia de la fiebre puerperal, la cual cobró mayor fuerza cuando su amigo, el profesor de patología, Jakob Kolletschka, murió en condiciones indistinguibles de la fiebre puerperal después de cortarse accidentalmente con un bisturí mientras practicaba una autopsia de una mujer que había muerto por la enfermedad.

 

 

Semmelweis demostró que los estudiantes de medicina al lavarse las manos sólo en forma superficial después de practicar las autopsias, transportaban las partículas del cadáver en descomposición a las mujeres que revisaban para la atención del parto, lo cual explicaba la diferencia en mortalidad entre las dos clínicas debido a que en la segunda no trabajaban ni médicos ni estudiantes, solo parteras que no realizaban autopsias.

 

 

En 1847, obligó a estudiantes y médicos, sin excepción, a lavarse y cepillarse las manos y las uñas con una solución de hipoclorito de sodio al salir de la sala de autopsias, antes de iniciar las revisiones en la sala de parto y entre un reconocimiento y el siguiente. La introducción de esta estrategia redujo la incidencia de fiebre puerperal a menos del 3%.

 

 

En respuesta, los principales cirujanos y obstetras europeos ignoraron o rechazaron su descubrimiento y las autoridades del Hospital General de Viena decidieron no renovar su nombramiento temporal. Durante los movimientos revolucionarios en Europa de 1848, se manifestó activamente a favor de la reforma democrática, lo que representó un elemento más para que el grupo médico, principalmente de corte conservador, expresara con encono su oposición a él. Al no poder establecerse como médico independiente, abandonó Viena y se trasladó a su natal Hungría. Humillado, desmoralizado y desesperado envió cartas a todos los profesores de obstetricia:

 

 

“… ¡Asesinos! Llamo yo a todos los que se oponen a las normas que he prescrito para evitar la fiebre puerperal. ¡Contra ellos, me levanto como resuelto adversario, tal como debe uno alzarse contra los partidarios de un crimen! Para mí, no hay otra forma de tratarles que como asesinos. ¡Y todos los que tengan el corazón en su sitio pensarán como yo! No es necesario cerrar las salas de maternidad para que cesen los desastres que deploramos, sino que conviene echar a los tocólogos, ya que son ellos los que se comportan como auténticas epidemias…”

 

 

Lo que movió a Semmelweis fue su compromiso al límite con las mujeres pobres y el agobio por la cerrazón de la conservadora clase médica: “Desde siempre la idea de la muerte de mis enfermos me resultó insoportable, sobre todo cuando esa muerte se desliza entre las dos grandes alegrías de la existencia, la de ser joven y la de dar la vida”.

 

 

Su esposa lo recluyó en el manicomio vienés donde murió el 13 de agosto de 1865, a los cuarenta y siete años de edad, víctima de las golpizas a las que fue sometido o de sepsis después de haberse cortado un dedo.

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