Las crónicas de… A la escuela

Las crónicas de… A la escuela

Por: Ángel de Campo, Micrós

Los libros vestidos de limpio, es decir, forrados con todas las reglas del arte; no todos son nuevos, no todos exhalan ese olor de la encuadernación reciente, ni oponen dificultad para abrirse; muchos, por el contrario, se desencuadernan, andan faltos de esquinas y aun de páginas completas, y en el anverso de las pastas como en las fachadas se han borrado viejos letreros, nombres de propietarios y croquis de colegial; mas nada importa, rotos o flamantes, sucios o inmaculados, la ciencia que encierran es eternamente joven.
En el suburbio los niños descalzos de sombrero roto y las muchachillas de enagua corta y medias caídas; en las cercanías, el infante con el traje del diario maternalmente desmanchado. el listón aplanchado y el tápalo oliente a solarina; todos van por grupos, cogidos de la mano, sonrosados por el vientecillo frío de la mañana; todos caminan, de dos en dos, a esa puertecilla, la que está bajo el balcón de tiestos y jaulas, invadido en el barandal vetusto por el letrero “Escuela Municipal”.
Y en todas las calles hay un desbordamento de infancia risueña y de juventud animosa; pléyade con la bolsa o la pizarra al flanco, la costura en la cesta, el bordado en el bastidos, el pañuelo en la almohadilla o los libros grueos de la gente formal bajo el brazo; es el porvenir, son los vencedores de mañana, son los sucesores que se encaminan al arsenal de la ciencia para hallar la panoplia o la espada urgentes en las luchas cruentas de la vida.
Ayer comenzó el año trascendental, ayer fue el día santo, el primero de Enero para las escuelas; ayer se abrieron las clases Mirad qué risa en esos ojos y qué luz en esas frentes; mirad qué linfa de actividad invade las viejas escaleras de los colegios; ved qué susurro de colmenas en los corredores y en los patios y qué silencio en las graderías, mientras el maestro desenvuelve la arenga inaugural, que es casi una oración por lo tierna y por lo solemne, una oración al progreso, una apoteosis de la inteligencia humana, un himno a la ciencia, una onvocación a al perdurable actividad de los cerebros. Como en los días de doble cruz, en otros tantso templor de la enseñanza surge de los labios de ese apostolado, triste o jovial, humilde o sabio, sencillo o elocuente, el mismo discurso, que jamás se olvida, que se aplaude con el corazón y con las manos, y deja una huella tan honda, que al evocarlo se mojan los ojos con las buenas lágrimas de la primera juventud.
Me conmueven esos niños frescos, lavados, de ojos purísimos, de cabecitas inteligentes, esos jóvenes con mirada de poetas que portan la química voluminosa o los indigestos librados del Latín; esos adultos que empuñan el derecho romano o la mecánica o la patología, porque en los que velan en el cuarto pobre, los que oyen el angelus estudiando todavía, los que ignoran lo que es el teatro y es la fiesta; los que humillados, los que desconocemos, los que luchan, serán los fuertes, los buenos y los sabios.
Hoy por hoy, con su desfile festivo, con sus risas sonoras, con su agitación de parvada son las simbólicas palomas, llevan la fresca rama de la oliva: la esperanza.

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