Adiós zapatos

Adiós zapatos

Por: Guadalupe Gálvez Álvarez

En una ocasión, avanzada la tarde de invierno y en mi etapa infantil, no recuerdo por qué motivos mi abue tuvo que lavar mis zapatos. como tenía que ponérmelos todos los días, para acelerar el proceso de secado mientras dormíamos por la noche, recargué mis zapatos en un tronquito de leña que había puesto mi abuela en el estrado (especie de estufa construida de adobe). Total que mientras todos descansábamos, quizá cada quien con sus propios sueños, mis zapatos se secaban para cumplir con su funció el día siguiente.
Antes del alba, como siempre, muy tempranito, mi abuela Margarita se levantó a preparar el desayuno. Al llegar al estrado pegó un grito que nos despertó a todos: “¿Quién puso los zapatos en la hornilla? ¡Miren como están achicharrados!” Inmediatamente me acordé donde los había puesto. Me levanté a revisarlos. Mis zapatos cafés ya habían cambiado de forma y color. La hebilla con la que se amarraba el cincho para dar el ajuste, estaba renegrida. Por algunos minutos lo que quedó de los zapatos fue el centro de atención y de carcajadas de quienes los veían. Mis zapatos se habían pasado de tueste. Me quedé muy triste y apenado.
¿Ahora qué me ponía para asistir a la escuela? Ni modo, a caminar descalzo, a sentir el contacto con la naturaleza. Sinceramente eso de andar descalzo no era problema para mí, pues estaba acostumbrado. Si bien debía llevar calzado para asistir a la escuela, en cuanto llegaba a casa después de salir de clases de primaria, me quitaba los zapatos.
Me encantaba sentir lo heladito de la tierra recién regada y barrida en el interior de la casa o lo cailente de la tierra en el exterior corriendo para no quemarme de un lugar sombreado a otro. Eso es estar en contacto con la naturaleza. Tal vez por eso le dirán a los 60 “los Fabulosos”.
Había pues que esperar el fin de semana para ver la forma de reponer a “los cafés” en la próxima visita a mis padres. Regularmente, algunos viernes no asistía a mis clases; mi hermano y yo nos íbamos a pasar el fin de semana al campo “Las Vírgenes”, donde vivían nuestros padres. Todos los días pasaba un camión escolar a varios campos para recoger a los alumnos que estaban en la escuela Ford, cerca del poblado Miguel Alemán. Ahí asistían sobre todo los alumnos de los últimos grados de primaria.
Ese viernes acompañé a mi hermano que etaba en la Ford, para aprovechar el raite del camión. Varias veces entré a sus clases por invitación de su maestro. La verdad es que me la pasaba muy bien por el trato que me daban los amigos de mi hermano y sobre todo por la atención del maestro.
Una vez que Arturo, mi hermano, salía de clases, tomábamos el camión que partía del poblado y llegaba a los Arrieros, cerca de Guaymas, Sonora. Por cierto ahí vivía Héctor Rosales, un amigo que también estaba en la escuela Ford con mi hermano. Él iba y venía todos los días pues su padre era el chofer del camión. Héctor ahora es un excelente médico a quien de vez en cuando saludo en el Hospital Ignacio Chávez o en las oficinas del ISSSTESON. Nosotros nos bajábamos en “El Sahuaral”. Normalmente ya estaban nuestros padres esperándonos a la orilla de la carretera en la “Calle Cuatro” El fin de semana lo pasábamos en familia con ellos.
Ese fin llegué a mi casa con zapatos prestados de un primo. Al contarles a mis padres lo sucedido a mi calzado y después de reírse de mi ocurrencia, se comprometieron a llevarnos con mi abuela el próximo lunes y a comprarme unos nuevos zapatos en el poblado “Miguel Alemán”.
Aún cuando mi abuela nos atendía bien, los momentos con mis padres eran realmente muy felices. Cortos se me hacían los días disfrutando la estancia, recorriendo los diferenes pozos agrícolas que supervisaba mi papá (en total eran siete) o comiendo los ricos alimentos que preparaba mi madre María Ramona y disfrutando la siesta después de la comida, recostado en el piso de cemento con olor tradicional a pino. Deseaba que no llegara el lunes; hora de la triste despedida. Así fue, el lunes estrené unos zapatos negros para variarle.
La historia de viajar en camión de Santa Fe a Las Vírgenes, regularmente los fines de semana, se repitió por aproximadamente dos años. Tiempo después me inscribí en la escuela Ford para iniciar mi tercer grado y mi abuela se mudó al poblado Miguel Alemán. Ya no había que acarrear agua: todo fue más fácil. Pero los cafés achicharrados, sobre el tronco convertido en cenizas de leña y cuero, los conservo en mis recuerdos… Las cenizas se las llevó el viento.

Dejar un Comentario