No me gustan las uvalamas

No me gustan las uvalamas

Por: Sylvia Teresa Manríquez

En 1966, la carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética había dado inicioo. El 31 de enero de ese año, la URSS lanzó la sonda espacial “Lunik 9”, la primera en posarse suavemente sobre la superficie lunar. El 2 de junio, Estados Unidos logró alunizar con éxito la nave “Surveyor 1”. Después en noviembre, se lanzó desde Cabo Cañaveral la “Gemini 12”, la primera cápsula especial que hizo una reentrada en la atmósfera terrestre de manera totalmente automática.
Y mientras, en otra carrera, mi existencia inició, el 3 de octubre de 1966, en un cálido y polvoso punto de este planeta, llamado: Navojoa, Sonora. Cuatro años antes, mis padres sufrieron la pérdida de su primogénita, a consecuencia del parto mal atendido en la clínica local del IMSS. Esperaban con ilusión mi llegada, y con el fin de evitar las complicaciones que vivieron en el parto anterior, decidieron que yo nacería en el “Sanatorio Lourdes”, atendido por monjas.
Quiero aclarar que de no ser por las uvalamas yo habría nacido un mes después, en noviembre de 1966. El mismo mes en que Truman Capote publicó su célebre novela A sangre fría.
En la barda que separaba la casa de mi abuela de la de su vecino, colgaban ramas de un árbol de uvalama. A pesar de no ser temporada de esta fruta, la noche del dos de octubre, el fresco aire otoñal llevó hasta mi madre el olor característico, una tentación que no resistió. Salió al patio, se subió en un banquito y trató de alcanzar alguna fruta, pero el banco tambaleó y la joven señora cayó al suelo. A esta contingencia hay que agregar que un día antes, ya con ocho meses de embarazo, sin hacer caso de las recomendaciones que la abuela le hizo, acompañó al abuelo a Álamos, en un viaje muy cansado, causante de molestias que empezaban a preocuparle.
Fue internada con urgencia en el sanatorio que habían elegido. Mi nacimiento no fue sencillo. Requirió cesárea porque, además de que me enredé en el cordón umbilical, el cérvix de mi madre no se dilató lo suficiente para que yo pudiera nacer de manera normal.
Eran las 2:00 de la mañana del tres de octubre cuando, llorando, anuncié mi llegada a este mundo. Pesaba 2,500 kilos, por lo que de inmediato me acomodaron en lo que mi mamá aún llama “resucitadora” y que intuyo era una incubadora.
Francisco Manríquez García, mi orgulloso padre, bajo el influjo de los brindis propios de la celebración de tan relevante evento, llevó serenata hasta la ventana del cuarto del sanatorio donde estaba internada su esposa. Sylvia Ochoa Narváez, quien escuchó exhausta el alegre homenaje. Hubo que pedirle al entusiasmado padre que despidiera al mariachi, pues el escándalo no era propio para los internos del hospital. Cómo no iba a estar eufórico don Pancho, si al día siguiente, cuatro de octubre, celebraría el “día de los Panchos”, con el mejor regalo: su primera hija.
Cuando mi madre estuvo en condición de tenerme con ella en su cama, me llevaron a sus brazos vistiendo entre otras ropitas, una blusita que mi bisabuela confeccionó especialmente para esta ocasión. Mi madre lloraba cuando me veía tan pequeña, pues si su primera bebé que pesaba tres kilos no había sobrevivido al nacimiento, temía que yo, tan chiquita, mucho menos lo hiciera.
Recuerda cómo la madre Cristina, monja-enfermera, me tomaba en una sola de sus manos y entregándome a mi mamá, le describía cómo me había hecho un favor al pesarme con todo y ropa para dar el peso de los dos kilos y medio. Cada vez que preguntaba con que me alimentaban, la hermana respondía que con leche de una gata recién parida que había en la cocina; lo que la angustiaba, pese a ser broma.
Yo, Sylvia Teresa Manrírquez Ochoa, nací en Navojoa, Sonora, el 3 de octubre de 1966, por causa de las uvalamas. Aunque su sabor me resulta similar al dulce de orozuz, su color morado intensamente oscuro y su peculiar olor, me recuerdan al ungüento llamado “Iodex”.

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