Estampas inolvidables… Los pescadores (1)

Estampas inolvidables… Los pescadores (1)

Por: David Cibrián Santacruz

En el río San Pedro que disfrutó la gente de El Venado, se practicó la pesca de diferentes formas. Hubo quienes alguna vez se organizaron para echar cuetes, a los que también llamaban bombillo, trueno y dinamita. Otros como Eduviges Zacarías y Fidel Cibrián, utilizaban el rifle .22 para dispararle s los peces seleccionados desde el paredón más próximo.
Por otra parte, lo que más frecuente se miraba y se practicaba era la pesca con arpón, aunque los aprendices no dejaban de usar el anzuelo y que en horas y lugares inexplorados aparecía Beto Montellanos, con un carrizo de ocho metros de largo.
¿Cuáles eran las características en cada tipo de pesca?…
En el brazo norte de la isla, frente a los veranos del Zapote, hubo alguna vez un estanque grande y sombreado. Entre las plantas que con su sombra oscurecían el agua, estaba un árbol que extrañadamente había crecido horizontal, extendiendo su tallo y ramas como a diez metros de distancia.
En ese lugar… ya no recuerdo si la casualidad o por haber sido invitado a esa pesca con trueno, me permitió ser testigo de la fomra riesgosa de conseguir alimento.
Mientras cuatro integrantes del grupo esperaban ya en ropa de baño, el encargado de la dinamita se encaramó en el tallo del árbol. Todos sonreímos con su espectáculo. En lugar de subir, montó el tronco igual que si de un caballo se hubiera tratado, y así de poco en poco de centímetros en centímetros recorrió unos ocho metros, hasta quedar sobre la parte profunda del estanque y a una altura probable de ocho metros. Mientras se había trasladado, fue de llamar la atención que llevara la dinamita a unos centímetros de la boca, puesto que necesitaba las manos para impulsarse hacia adelante.
-¡No se asusten, cabrones- le oímos gritar-; está apagada!
Una vez puesto en el sitio adecuado, preparó el trueno y un cigarro con el cual encendería la mecha. También le vimos cortar una rama pequeña, de la que escogió todavía un trozo más pequeño, y lo lanzó al vacío.
Se quedó mirando los efectos que produciría. Dejó pasar unos segundos; tiró un trozo más de la rama escogida para carnada. Ningún movimiento hizo; su silenco fue compartido por los amigos que esperábamos allá abajo, en la orilla del estanque.
Pasado el tiempo proporcional que entre rama y rama tirada había calculado, soltó el tercer engaño Entonces miró a los compañeros, sonrió, tomó la dinamita y le prendió la mecha… y la soltó. (Continuará).

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