Entre agua y fuego… Tomóchic, historia y olvido

Entre agua y fuego… Tomóchic, historia y olvido

Por: Magda Irma Palomares

Su inocencia no lo salvó de perder su grado militar y trabajo, pero poco después logró obtener un pequeño empleo en el periódico “El Porvenir de Chihuahua”. Habían transcurrido apenas unos días, cuando el Gobernador del Estado, Miguel Ahumada, lo mandó llamar a su despacho.
-Mire amigo- le dijo secamente cuando el humilde periodist estuvo frente a él.
-Aquí tiene este dinero para su pasaje a la capital.
En la mente del gobernante estaba grabada la imagen negativa que “Tomóchic” le había dado y era algo que no podía perdonar. Acuérdese joven que “la vida no retoña”- remató sentenciosamente.
(Continuará).
Heriberto comprendió la amenaza velada que implicaba el refrán y si había salvado la vida tanto en batalla como en el juicio, no estaba dispuesto a correr otra aventura similar y enfiló a la Ciudad de México.
Se preguntaba por qué su novela, que ciertamente había publicado sin ningún nombre de autor, apareciendo en la obra como Miguel Mercado, había producido tal efecto entre los funcionarios del gobierno y tuvo que aceptar que era una denuncia pública muy fuerte contra el régimen porfirista.
-Pero era también la verdad, mi verdad porque estuve allí y obligado como soldado participé en actos de barbarie No podía callar sobre el salvajismo y la crueldad empleados contra un pueblo que solamente se defendió- objetó para sí mismo, mientras viajaba a la capital.
Los recuerdos le seguían torturando porque todos sus sueños de supuesta gloria como miembro de las fuerzas armadas se estrellaron ante la cruda realidad de odio y destrucción con que se actúa en campaña. Aún se estremecía ante las imágenes vividas y las evocaciones surgían como brasas ardientes, como el fuego que acabó con Tomóchic.
Pero ¿qué era Tomóchic?
Hasta donde él sabía, era un pueblo enclavado en las inmediaciones de Chihuahua y Sonora, en plena sierra, de no más de 300 habitantes, pero valientes y trabajadores pues junto a otros pobladores montañeses habían hecho retroceder a los apaches hasta el norte del país, ya que les robaban su ganado.
Abandonados por autoridades, iglesia y todo tipo de atención, sin orientación educativa, los pobladores fueron presa fácil del fanatismo y habían llegado al grado de no obedecer a más autoridad que a Jesucristo y a la santísima vírgen, apoyándose después en una supuesta santa que había aparecido en Cabora, un punto de Sonora y que los tomochitecos, a través de su líder, un guerrero natural, Cruz Chávez, adoptaron como su protectora.
La indignación de los pobladores llegó a su límite cuando el Gobernador de Chihuahua pretendió apropiarse de unos cuadros religiosos que existían en la iglesia del lugar, lo cual impidieron con energía. Luego se dio la violación de una ingenua jovencita por un fuereño y otra serie de circunstancias adversas que fueron soliviantando los ánimos, hasta que el gobierno envió una partida militar que fue presa fácil de los tomochitecos, conocedores del terreno, armados y dispuestos a deender lo que consideraban sus dominios, su libertad, su fe.
Lo demás fue una serie de ataques militares que sufrieron varias derrotas ante el arrojo y valentía de los serranos, hasta la fatídica batalla de Octubre de 1892, en que varios batallones de Sonora y Chihuahua emprendieron una feroz embestida contra el heróico pueblo. Aquellas escenas de destrucción ordenadas por el Gral. José Ma. Rangel, el incendio de las casas de Tomóchic después del saqueo y pillaje de la soldadesca, la destrucción final de la iglesia y “El cuartelito”, la casa del líder Cruz Chávez, líder indomable que cayó hasta el último momento, el desfile de mujeres, niños, ancianos y hombres heridos, con las ropas quemadas, los rostros ennegrecidos pero resistiendo hasta el fin, los perros aulando entre los erscoldos, olfateando para localizar a sus amos, o alimentándose de los restos humanos, eso era algo que debía conocerse y que él, pese a ser cómplice de la matanza cruel y despiadada, tenía que hacer público, para su popio alivio.
Heriberto Frías llegó a la Ciudad de México donde anduvo saltando de un periódico a otro hasta que, en 1895, “El Demócrata” fue abierto nuevamente y el periodista acogido con netusiasmo por sus compañeros y el nuevo director, José Ferrell.
De inmediato se puso a escribir la segunda edición de “Tomóchi”.

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