¿Ya ves, cabroncito, cómo sí sirve rezar?

Por: Adolfo G. Riande

A mediados de octubre de 1964, en la fría Xalapa, a los 14 años, yo el mismísimo Fito González, era la viva imagen de un flacucho, un muchacho enclenque que la hepatitis había tumbado en cama por espacio de casi tres semanas.
Mi madre Josefina, y mis hermanas la Pina y la Nico, y el resto de las pupilas de Azueta 126, una tarde octubre presenciaron cómo el escuálido chamaco era subido a la ambulancia del IMSS, ante el alboroto de la chiquillería del barrio, que algunos se atrevían a preguntar:
— ¿Qué le pasó, señito?
O bien, otros interrumpían al camillero:
— ¿Por qué se lo llevan?
La calle se convirtió rápidamente en un pequeño caos, los vecinos se acercaban a mi madre para conocer de cerca mi destino. En tanto, yo trataba también de responderme algunas preguntas ahí en la camilla, dentro de la ambulancia. La tarde caía y con ella las luces de colores de la unidad móvil chocaban como saetas hacia las paredes y los rostros de los curiosos.
El vehículo partió y no se volvió a saber de mí por varias semanas.
Tres semanas más tarde regresaba a mi casa. Ahí me recibieron mis hermanas y Linda, Trini y La Acapulco, las estudiantes o pupilas de la improvisada casa de asistencia de mi madre.
Se sabe que la hepatitis, sepa de cuál tipo sería, repercutió profundamente en mi salud. ¡La verdad quedé más ñengo que nunca!
Por una razón que hasta la fecha desconozco, la dieta de esa ocasión en adelante consistió en una buena cantidad de azúcares, entre dulces, galletas y sus infaltables limonadas. Sin imaginármelo, de la noche a la mañana me convertí en un monstruo de los postres.
Algunos amigos del colegio iban de vez en cuando a compartir algunas horas conmigo. Unos llevaban frutas, otros me ayudaban con las tareas para que me pusiera al corriente, otros más, por el puro morbo y a leer cuentos, y arriesgadamente comerse unos bocadillos, acción que para una gran mayoría los tenía sin cuidado. El contagio era una palabra que no existía en el diccionario de los esforzados devoradores de pastel de chocolate.
Las tardes a veces eran de molestia y de enfado. No hacía más que acordarme de los últimos momentos de felicidad. A mi mente venían fugaces los días de sol, de correr aspirando el aroma de la hierba fresca, la dicha de patear el balón y de anotar goles.
Los momentos de esparcimiento corrían, o parecían correr, conmigo al unísono. Pero ese mediodía, especialmente el último antes de caer en cama, me parecía muy raro. Cómo sentir frío en una tarde calurosa. Todavía recuerdo cómo me prestaron una chamarra de cuero, bueno, de imitación de cuero, para que jugara. Y ahí estaba de delantero, con la estorbosa chamarrota, corriendo de un lado para otro.
Hasta que el cansancio hizo presa de mí.
No sabía qué había pasado, cuál era la causa de mi debilidad, hasta que el diagnóstico final lo certificó.
Hepatitis.
En mi casa no se hablaba de otra cosa más que de la enfermedad del muchacho.
¿Hepatitis?
¿Qué será eso?, me preguntaba.
Mi madre dijo que era algo que había infectado mi hígado.
Algo que muy posiblemente había contraído por comer comida de la calle o en la escuela misma. Y remataba, que mi hígado estaba del doble de su tamaño normal.
Más allá de la rara enfermedad, la comidilla del día en la escuela era en el sentido de que el asunto era más grave de lo que se pensaba.
En el salón, no pocos apostaban qué jamás regresaría a jugar, se suponía que quedaría tullido.
Otros comentarios iban más dramáticos, que muy probablemente moriría.
Al término de mi convalecencia, pues no se dio ni una cosa ni la otra.
No se sabe si fueron los doctores del Seguro y las atenciones de la enfermera, o si los rezos de mi madre y mis hermanas ante el Señor del Calvario. Lo cierto es que ¡estaba de vuelta en mi casa! Más flaco que nunca, pero de regreso en casa.
Y ahí me tienen, obligado por mi madre a ir a misa de 12, con la molestia de perderme el partido de futbol en la tele. Pero obligado, al fin, en hacer presencia y devoción ante la figura del Cristo.
Esa imagen que me daba temor, mirar las rodillas heridas y la corona de espinas punzantes, derramando sangre en el rostro de la colosal figura de Jesucristo. Cada vez que pienso en ella, recuerdo esa mirada de dolor que clama perdón.
Esa mañana, la primera tal vez desde que dejé la postración, mi madre me arregló de tal manera para que la acompañara al templo. Salimos de casa, tomamos por el callejón Dehesa y llegamos a la Revolución.
Y ahí estaba con mi madre, en el atrio de la Iglesia El Calvario, temblando de miedo, ¿de qué? ¡No lo sé!, pero temblando al fin.
Atravesamos paso a paso el atrio. Lentamente cruzamos el portal y enseguida nos detuvimos ante la figura de El Señor de El Calvario.
La verdad no quería mirar la cara, ese rostro ensangrentado que había visto cientos de veces, y que me infundía miedo.
De la mano de mi madre me acerqué lentamente ante el lugar de la figura.
De rodillas, mi madre y yo empezamos a rezar. Ella decía algo de gratitud hacia mi sanación.
No entendía mucho qué había hecho por mi sanación la figura, pero ahí estábamos de rodillas ante el Cristo. Yo no quería levantar la vista hacia la figura.
Poco a poco fui levantando la vista, fui recorriendo el cuerpo, hasta llegar al rostro ensangrentado.
Repentinamente, mi atención se fijó en una fotografía, entre decenas de fotos y de comentarios escritos en cartoncillos de colores. Y ahí estaba mi fotografía, esa que tanto me gustaba y presumía, con corbata y traje, esa misma que mis primos decían que me parecía al Tío Martín, el de Mi Marciano Favorito.
Estar ahí prendido de la túnica del Señor, como expuesto con morbosidad ante los ojos de los cientos de fieles, me avergonzaba, no sé por qué, pero me avergonzaba.
La foto del Fito González estaba ahí, fija en la túnica de la figura, rodeada de varios corazones con listoncitos rojos y crucecitas metálicas.
Ahí estaba yo sonriente, como diciéndome a mí mismo: Fito González no has muerto o, simplemente, ¿ya ves ,cabroncito, cómo sí sirve rezar?
Volteé a ver el rostro de mi madre, nos pusimos de pie. La abracé y la besé emocionado.
Salimos del templo y apresuramos el paso para alcanzar, cuando menos, el segundo tiempo del partido de futbol.
FIN

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