Reclamo de un personaje (2)

Por: José María Ruiz C.

III
Albert despertó sobresaltado. De inmediato saltó de la cama y fue al cesto de la basura. Ahí estaba la maldita carta No había sido un sueño. La leyó un par de veces más y pensó en Meursault. ¿Acaso ese personaje existía? Si él lo había creado, reflexionaba, ¿cómo es que ahora se sentía acosado y amenazado por este ser.
Se le dificultaba llamarlo personaje, entonces cuando pensaba en él, se refería como el ente, el ser, el individuo, el maldito hombrecillo que se atrevía a interrumpir su tranquilidad.
Ese mismo día decidió visitar a su amigo Auguste, célebre psiquiatra de París y amigo desde hacía muchos años. Le planteó su problema y el doctor lo escuchó con mucha atención.
-Continúa Albert, por favor.
-Pues pasa lo que te comenté, y no puedo dejar de sentir un miedo atroz por las amenazas que he recibido. No me concentro en lo que escribo, y si acudí a ti como especialista es porque estoy verdaderamente desesperado. No te pido que me ayudes como amigo Auguste, te pido, te suplico tu ayuda profesional. Siempre he tenido el temor de perder la razón, y no sé si esto es el incio. Ahora no puedo dejar de voltear hacia la puerta de este consultorio y pensar que se aparecerá el maldito de Meursault a reclamarme todo lo que lo hice padecer en esta historia que tú ya conoces.
-Escucha Albert- dijo el médico en un tono que le pareció un poco irritante al escritor-, tienes que tomar las cosas con calma. Ya leí esa carta y te sugiero no le prestes mucha atención. Sal a pasear al Sena, camina hasta que tus piernas te pidan un descanso. Sigue escribiendo tal y como lo has hecho hasta ahora. Pero te voy a pedir que trates de hacerte una rutina diaria en la que no involucres ningún pensamiento acerca de ese argelino, es decir, de ese personaje tuyo. Tú lo creaste, eso significa que tú tienes poder sobre él. No te obsesiones, tú eres el creador de tus historias Y son sólo historias y nada más. También tómate estos tranquilizantes que te voy a recetar, te ayudarán en algo. Y en una semana te espero de nuevo para ver cómo te va.
Albert tomó la receta sin ver a los ojos a su amigo. De antemano sabía que no tomaría esas píldoras. Esperaba otro tipo de ayuda. Salió arrastrando los pies y se dirigió hacia la ribera del Sena con la intención de visitar a los bouquinistas. Sentía la necesidad de caminar y leer algo para olvidarse de Meursault y del psiquiatra. De su amigo, el psiquiatra.
IV
Una vez liberado, Meursault se dirigió al puerto y se embarcó como polizón en el primer barco mercante que se dirigiera hacia Marsella. Se encontraba en las oscuras y apestosas bodegas de esa embarcación. Tuvo que soportar frío, hambre y miedo. Sí sobre todo miedo, ya que él mismo tenía conciencia de que era un prófugo de la justicia. Y si lo atrapaban su destino con toda seguridad sería la horca.
-Pasó tres días con sus noches alimentándose de ratas y bichos que cazaba en los momentos de mayor angustia, movido por esa perra hambre que le reclamaba vida. Sin embargo, lo que lo animaba a seguir en esa lucha era el atroz deseo de venganza. Lo último que haría en su vida- lo había jurado por la memoria de su siempre amadísima madre-, sería acabar con ese tal Albert que tanto daño le había causado.
Al llegar a Marsella pronto buscó la manera de tomar un tren hacia París. Sólo que esto no iba a ser tan fácil. No contaba con nada de dinero y la vigilancia en la estación del tren era feroz.
Se empleó como cargador entre los hombres del muelle. Se armó de paciencia y todos los días trabajaba con rabia para recibir su sustento. Llegó a ser uno de los mejores trabajadores del puerto. Se afanaba como una mula sin descanso. Jamás se quejaba y casi noh hablaba con nadie. Esto agradó a los patrones.
Una apacible tarde, muy rara en el puerto de Marsella, Meursault tomó papel y lápiz y empezó su segunda misiva dirigida a quien consideraba el causante de toda su desgracia.

V
Albert despertó aquella mañana con el desasosiego metido hasta los huesos. Bajó al estudio y dirigió la mirada a su escritorio. Allí estaba lo que temía. Una nueva carta. Con manos trémulas la tomó y la leyó:
Al despreciable Sr. Albert Camus.
Quiero decirle que tenía la vaga esperanza de que recapacitara en su actuar. Veo que a pesar de que me libré de la cárcel empleando todas mis fuerzas para ello, usted sigue empeñado en destruir lo más profundo de mi espíritu.
Este sentimiento de odio profundo en mi ser, sólo se explica con su malvada intervención. A pesar de que me he querido reformar trabajando en este puerto, esto que siento en mi alma no ha disminuido para nada. Sino al contrario, ha crecido amargándome todas las mañanas de mi desgraciada vida. (Continuará).

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