Las crónicas de… Tiene razón el Padre Basurto

Las crónicas de… Tiene razón el Padre Basurto

Yo concedo la razón al cura de Tlalpan D. Modesto Basurto, cuyas disposiciones no se explica Monaguillo que tiene ancha la manga de la sotana en cuestiones de Iglesia.
Hay que convenir en que la mexicana grey es de las más indisciplinadas que se conocen: así se trate de los carneros más entrados en años que de las triscadoras ovejillas; se posesionan tanto de su papel de rebaño que de metafórica convierten en verdadera la imagen del redil rediles al atardecer, son nuestros templos con todos sus tumultos, empellones, bálidos y demás. No hay más que entrar a una misa de doce, a un rosario con sermón de moda, o a una novena popular, para convencerse de la original manera que tienen los católicos, apostólicos romanos de este valle de México de entender y profesar el culto.
¡Oh Dios! ¡Oh vírgenes! ¡Oh santos!, qué devotos tenéis en una chusma de desarrapados o de trapillo. Una misa de doce es el punto de cita del desaseo, de la cursilería y de la irreverencia; un templo a estas horas parece la feria de la desventura humana; cocineras que sudan, criados con zapatos vibradores, artesanos de mechón sobre la frente y camisa bimestral, viejas que cargan con el cesto y con el perro, nodrizas que acallan el llanto del hambriento con una sencillez más que maternal; viejos enfermos que tienen carraspera y lo que sigue, niños que gatean sin calzones, infantes que lloran o cantan, indígenas con un guacal de pollos, fanáticos que se meten cada seco en el pecho que tiembla la nave: imbéciles en cruz, gentes desaseadas que besan el suelo, otras más desaseadas aún que ponen los labios en los trajes de las imágenes y se santiguan la boca con agua bendita, que por lo negra parece solución triple de pecados, Pepitos de tercer patio que se telegrafían con una damisela de azul que apesta a heliotropo blanco, y para completar, dos perros que se gruñen y uno desconcertado que huye para el presbiterio, entre risas y cuchicheos. Oraciones a gritos y como un colmo, el piano ejecutando una pieza inmoral, “Dame un beso”, nocturno más propio de una mecedora que de una ara.
Las señoras llegan, se saludan, se abrazan, se besan, se preguntan por la familia, se hacen lugar, se tienen banquillo, lo desdoblan con escándalo, si no lo tienen, se encajan en un hueco, se aplastan entre dos de malos hígados que dicen todo un repertorio de insolencias, hay miradas que se buscan como en un teatro, se siguen con la crítica, y con la sonrisa el traje de los que entran; se asalta al confesor cuando se dispone a salir, se forman corrillos inconvenientes en señoras casadas, para escoltar hasta media calle al predicador en boga que tiene que envolverse la mano en la capa para que no se la baboseen. Una Iglesia durante una fiesta es un pretexto para la bolita, el robo y el retozo. Viejos impuros conozco que llevan el libro de misa en la mano y todas las violaciones de la ley de Dios en los ojos de Sileno. ¡Con razón nuestro buen amigo Basurto se ve precisado de poner en la pared las reglas elementales de educación religiosa que los feligreses no acatan! Tiene razón.: Los católicos son necios y son inconvenientes en un templo; lo declaran plaza pública, y poco falta para que lo sea: hay puestos de estampas, música callejera, actitudes de paseo y risas de día de campo.
Tiene razón D. Modesto Basurto en recordarles la cartilla; ya que el grupo es tan intransigente y fanático, que se conduzca como debe. La religión tiene ligas íntimas con el adelantamiento de los pueblos: hay devociones de seda y devociones de cacle y calzón blanco: la nuestra, digo, la de ellos, es de sombrerito boleado, camisa sin cuello y pantuflas: Dios es visita de confianza, a quien se busca sin lavarse ni darse bola.
La verdad, en materia de apariencias, en la parte externa del culto, estoy por la severidad sajona, por la seriedad anabaptista; por el laconismo protestante, por la discreción anglicana: entre ellos la idea religiosa parece una ocupación importante, el salmo o el versículo se dicen con el corazón, el himno se canta sin pestañear, se asiste a los oficios en traje decoroso, y nuestras iglesias, en cambio, fíjese usted Monseñor Averardi, parecen una verbena religiosa: las señoras van sin corsé, sin peinarse, con los zapatos viejos, si es de mañanita y con toda la recaudería en el sombrero y todo el “Fénix” en el cuerpo, si es la misa a que va la crema. Dios, para ser amado decentemente, necesita que a la puerta de su casa haya una hilera de coches con librea.
Es mejor oxigenarse en la Reforma.

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